Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

viernes, 28 de enero de 2011

La increíble historia del matusalén sevillano (Actualización).

Según refleja Ortiz de Zúñiga en sus Annales Eclesiásticos y Seculares..., en 1.556 nació en Sevilla Juan Ramírez Bustamante, en el seno de una familia hidalga, aunque de pocos haberes. Persona decidida y aventurera, se hizo piloto y participó en numerosísimos viajes de ida y vuelta al Nuevo Mundo, enfrentándose tanto a piratas como a tempestades, formando parte igualmente de expediciones que descubrieron multitud de islas y archipiélagos ignorados por los mares de Oriente. Hombre de gran inteligencia, se dice que llegó a dominar siete lenguas de indios.
Cansado de tanto ir y venir y de tanta lucha, se retiró a su ciudad natal a los cuarenta años, obteniendo el título de piloto mayor de la Carrera de Indias, que le permitía disfrutar de seis meses en tierra por cada año de navegación. Se casó, enviudó, se volvió a casar y así hasta cinco veces, llegando a juntar cincuenta y un hijos con sus apellidos: cuarenta y uno legítimos y diez “de ganancia”o “en buena lid”, es decir, fuera del matrimonio, como se solía consentir en la época. 
Ya con sesenta años abandonó el mar y se dedicó, durante veinticinco años más, a la enseñanza de Matemáticas y Astronomía en la Universidad de Mareantes, ubicada en aquella época en la calle Betis.
Antigua Universidad de Mareantes, en la calle Betis.
Fotos cortesía de sevilladailyphoto.blogspot.com. (Gracias, Juan Manuel).
Jubilado de la enseñanza, se entretenía con la confección de dibujos topográficos, que alternaba con la lectura de textos bíblicos y obras de los Santos Padres de la Iglesia. Como consecuencia de estas lecturas, comenzó a estudiar la carrera de sacerdote, con sus cuatro años de Humanidades y sus tres de Teología, consiguiendo ordenarse sacerdote ¡a los noventa y nueve años de edad!

No contento con ello, al día siguiente de su ordenación se presentó ante el arzobispo de Sevilla quien, por la fecha, debería ser el dominico fray Pedro de Tapia, para solicitar destino. Su Ilustrísima estaba maravillado por la constancia y la energía del nuevo sacerdote, pero no por ello cedió a su petición; consideraba que era demasiado mayor para un destino tan trabajoso.
Fray Pedro de Tapia, arzobispo de Sevilla.
No cedió en su empeño el buen Ramírez que, ni corto ni perezoso, escribió una carta al  propio rey don Felipe IV. En la Corte, la misiva causó asombro por estar firmada por un anciano de tanta edad y con una hoja de servicios tan brillante, hasta el punto de que el rey exhortó al arzobispo a que atendiera las pretensiones de Juan Ramírez.
Felipe IV, Rey de EspañaPortugalNápoles, Sicilia y CerdeñaDuque de MilánSoberano de los Países Bajos y conde de Borgoña.
Óleo de Diego Velázquez, Museo del Prado.
De nuevo en el Palacio Arzobispal, el impenitente viejo volvió a sorprender a su Ilustrísima al pedirle la parroquia de San Lorenzo, que tenía fama de atender a los feligreses más complicados de Sevilla: caldereros, curtidores, tahúres, prostitutas y pícaros de todo tipo.

Finalmente accedió el Arzobispo en la creencia de que enviaba al pobre hombre a la muerte y convencido de que no superaría el primer invierno en San Lorenzo, con sus paredes húmedas, sus puertas enfrentadas y sus techos altísimos.
Puerta oeste de la iglesia de San Lorenzo.
Puerta este de la iglesia de San Lorenzo.
Se equivocaba. Juan Ramírez Bustamante ejerció su labor durante veintidós años en la parroquia de San Lorenzo. Y no murió de viejo, ni por enfermedad alguna, sino por accidente. Al parecer, al circular por una pasarela que cruzaba la calle de Las Palmas, hoy Jesús del Gran Poder, cedió uno de los peldaños (el sacerdote era hombre de buen comer y de buen beber y por tanto de gran porte), cayendo de mala manera y desnucándose. Era el año de 1.678 y nuestro protagonista contaba con ciento veintiún años. Sus restos fueron sepultados en la Capilla Sacramental de la iglesia de San Lorenzo.
Capilla Sacramental de la iglesia de San Lorenzo, 
lugar de enterramiento de nuestro Matusalén.
Y aquí termina la historia, que no leyenda, de este personaje tan singular.