Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

viernes, 28 de enero de 2011

La leyenda de la Cabeza del Rey don Pedro.

Pedro I, el Cruel o el Justiciero, según quien haga las crónicas, fue un rey que ha dado mucho que hablar. No son pocas las historias que se cuentan de él. Una de ellas es una leyenda cuya prueba aún perdura en una calle sevillana.

Según cuenta la leyenda, todo aconteció bien por un lío de faldas o por desafiar al entonces alcalde de la ciudad, Domingo Cerón, quien afirmaba que en la ciudad no se cometía ningún delito que quedase sin castigo, cosa  que el monarca quiso comprobar. Caminaba solo por la ciudad embozado en su capa cuando se encontró con un rival directo: uno de los Guzmanes, hijo del Conde de Niebla, familia que apoyaba a Enrique de Trastámara, hermano bastardo del rey, que quería destronarle.
Un mal encuentro que por supuesto acabó en choque de espadas. Un duelo nocturno, que acabó en la muerte del miembro de los Guzmanes. Y una testigo que vio entre tinieblas y oyó desde la ventana lo sucedido: una anciana que se asomó alarmada por el ruido de aceros; alumbrándose con un candil pudo distinguir que el matador era un hombre rubio, que ceceaba al hablar y al que le sonaban las rodillas al andar como si entrechocaran nueces, o sea, el mismísimo rey. Por miedo a ser descubierta se retiró precipitadamente de la ventana, lo que provocó que el candil con el que se alumbraba cayera a la calle y fuera descubierto por los alguaciles, que dedujeron lo sucedido y la detuvieron.
Con el tiempo se ha podido demostrar gracias a un estudio médico realizado por el Dr. González Moya sobre los restos de Pedro I (enterrado en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla), que debido a una parálisis cerebral infantil, el monarca sufrió un desarrollo físico incompleto en algunas partes del cuerpo: las piernas.
Como era de esperar, al día siguiente los Guzmanes exigieron justicia, a lo que el rey contestó prometiendo la cabeza del culpable en el lugar del asesinato. Fue la misma anciana quien al cabo de unos días llevaron para atestiguar, aunque se negó a hacerlo, por temor a represalias. En un momento, el rey llamó a la anciana a su presencia y le dijo al oído "Di a quien viste y no te ocurrirá nada; te doy mi palabra". La anciana, ante la promesa del rey se tranquilizó, y pidió a este que le trajesen un espejo. Se situó justo delante del rey con el espejo frente a este y le dijo: "Aquí tenéis a vuestro asesino".
El rey digamos que cumplió a su manera la promesa de cortar la cabeza del asesino. Mandó colocar una caja de madera en el lugar del suceso, en la cual, aseguraba a los ofendidos Guzmanes, se guardaba la cabeza del asesino y ordenó que esta no se abriese hasta el día de su muerte, siendo vigilada día y noche. Al morir Pedro I se abrió la caja y cual fue la sorpresa de todos al encontrar en ella un busto del monarca. Aún a día de hoy está visible, aunque no es primitivo, y da nombre a la calle Cabeza del rey don Pedro.
Primitivo busto del rey don Pedro.
Se conserva actualmente en la Casa de Pilatos (palacio de los duques de Medinaceli).
A la calleja que se encuentra frente al busto, en la que se supone que vivía la testigo, sobre una carbonería, se la llamó Candilejo, denominación que aún perdura.
El busto y nicho actual son obra de Marcos Cabrera, colocados alrededor de los años 1620-30, sustituyendo a los más antiguos, de barro, que había en el mismo lugar. Representa al rey, coronado y con manto real sobre los hombros. En la mano derecha lleva un cetro que apoya sobre el hombro y la mano izquierda descansa sobre la espada.
Pero el destino es caprichoso y parece dar a cada uno lo suyo; no hay más que fijarse en el curioso final que le esperaba a Pedro I: ocho años más tarde, en marzo de 1.369 partió de Sevilla rumbo a Toledo para acabar con la revuelta. En el campo de Calatrava le esperaba su hermano Enrique. El ejército de Pedro sufre una estrepitosa derrota y se ve obligado a buscar refugio con unos pocos leales en el castillo de Montiel (Ciudad Real), donde queda sitiado por las tropas enemigas durante nueve días. En tan desesperada situación, intenta sobornar a Du Guesclin, hombre de confianza de Enrique, ofreciéndole tierras y riquezas para ponerlo a su favor, y que lo dejase escapar. Este parece aceptar y queda con Pedro en su tienda de campaña,  en la cual le esperaba Enrique de Trastámara. Se enzarzaron en una lucha en la que dicen que iba ganando Pedro I, pero Du Guesclin ayudó a Enrique, que consiguió matar a Pedro I. Para la posteridad quedó la frase del traidor: Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor. 
Al difunto rey le cortaron la cabeza y la colgaron en la almena del castillo, como si el destino le hubiera obligado al final a cumplir su palabra. Por fin la cabeza del asesino fue cortada y expuesta públicamente.