Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 5 de febrero de 2011

El Cid Campeador: origen de su sobrenombre.

Rodrigo Díaz de Vivar nació en el Vivar (Burgos) en el año 1.043, hijo de Diego Laínez, noble caballero de la Corte Castellana, y de una hija de Rodrigo Álvarez. Quedó huérfano de padre a los quince años, criándose junto al príncipe Sancho en la Corte del Rey Fernando I, el Magno, rey de Castilla y León.
Pronto alcanzó fama de aguerrido en la Corte de Burgos, ya que con tan sólo  dieciséis años desafió y dio muerte al Alférez Real, conde de Lozano, hombre fiero y con fama de diestro con la espada, por haber ofendido gravemente a su difunto padre. Como muestra de las costumbres de la época comentaremos que la hija del fallecido, Jimena Lozano, reclamó al joven Rodrigo como marido, ya que era el responsable de haberla dejado sin hombre que cuidara de ella.
A la muerte de Fernando I en la Nochebuena de 1.065, se dividieron sus tierras, correspondiéndole la corona de Castilla al que fue proclamado Sancho II, que fue acompañado fielmente por Rodrigo Díaz.
Apenas dos años más tarde, fallece doña Sancha, madre de Sancho y de Alfonso VI, rey de León. A partir de ese momento, comienza una guerra fraticida que terminaría con el asesinato de Sancho II a manos del traidor Bellido Dolfos. Alfonso VI reclama el trono de Castilla, y Rodrigo, como Alférez que era del fallecido rey le exige, en el Monasterio de Santa Gadea, juramento de no haber participado en la muerte de su hermano Sancho. Alfonso lo hace y es nombrado rey de Castilla y León, ordenando inmediatamente la destitución de Rodrigo como Alférez Real y enviándolo al destierro.
El narrado origen del primer destierro (luego hubo otros) de Rodrigo Díaz de Vivar es el comúnmente aceptado. Sin embargo, algunos autores como José María de Mena, basándose en el Poema del Mío Cid, versión Menéndez Pidal, sostienen versión diferente.
Al parecer, el joven Rodrigo fue enviado, junto con cien lanceros a recoger el tributo  (las parias) que anualmente pagaba a Castilla el rey Almotamid de Sevilla: diez quintales de plata, diez mulas y diez caballos. El rey moro recibió con agrado al de Vivar, agasajándole y haciéndole disfrutar de la que quizá fuese en aquella época la ciudad más alegre de la península. Lo instaló en su residencia de verano, el Palacio de la Barqueta, situado en lo que hoy es el Monasterio de San Clemente.
Sin embargo, a la Corte musulmana llegaron noticias de que una partida formada por moros de los reinos de Granada y Murcia y cristianos navarros y aragoneses mandados por el conde de Barcelona estaban asaltando las fronteras del reino. Almotamid exigió la defensa que pagaba con su tributo y Rodrigo partió con su hueste al encuentro de los asaltantes. Se encontraron en las afueras de la ciudad de Cabra. El conde de Barcelona, al ver la escasez de oposición y la juventud de quien la mandaba, contestó al mensajero de Rodrigo que le exigía su retirada:
-         Decidle al de Vivar que espere a que le crezcan las barbas antes de jugar a la guerra.
El joven Rodrigo montó en cólera al oír la respuesta y replicó:
-         Juro que antes de que me crezcan las barbas he de arrancar las de ese conde de Barcelona.
Sin dudar un segundo, dirigió sus cien caballeros contra el enemigo, que sumaba cinco mil sarracenos y mil cristianos y, con gran habilidad y enorme bravura, los derrotó contundentemente, poniendo en fuga a los moros y tomando prisioneros al conde de Barcelona y a los condes de Aragón y Navarra. Acercose al de Barcelona y de un tirón le arrancó las barbas, guardándolas en una bolsita que llevó colgada del cuello muchos años.
Tras la aplastante victoria, se le planteaba un dilema: qué hacer con los prisioneros cristianos. Por muy enemigos que fueran, no pensaba entregar a un moro, por muy rey de Sevilla que fuera, el grupo de nobles cristianos, así que los dejó marchar, con lo promesa de que jamás volverían a atacar territorios protegidos por el rey Alfonso VI.
Regresó triunfalmente a Sevilla el joven Rodrigo, entrando por la Puerta de Córdoba con los prisioneros y botín ganados en la batalla. En el trayecto desde la citada puerta hasta el Alcázar, era aclamado tanto por los árabes, que exclamaban “Sidi Rodrigo, Sidi Rodrigo” (Señor Rodrigo), como por los cristianos mozárabes que, en latín, gritaban “Campi doctor, Campi doctor” (sabio en batallas campales). Y de la unión de ambas expresiones nació el sobrenombre con el que fue conocido a partir de entonces: Cid Campeador.

El rey Alfonso quedó muy impresionado por el buen hacer y la bravura del Cid pero, insidiosamente, los nobles de la Corte comenzaron a preguntar por qué había liberado a los condes cristianos por los que se podía haber pedido buenos rescates o por qué entregó prisioneros moros y botín de guerra a Almotamid, siendo su señor el rey Alfonso. Estos argumentos, unidos a los cuantiosos regalos que el Cid había recibido del monarca sevillano convencieron al rey castellano de que el de Vivar se había excedido ampliamente de las funciones encomendadas y que además se había lucrado con ello, por lo que decidió su destierro durante seis largos años.

                    Anna Hyatt Huntington.

Cortesía del Museo del Estado 
de Carolina del Sur.

La imagen ecuestre del Cid que se encuentra en la sevillana Glorieta de su mismo nombre, frente a la antigua Real Fábrica de Tabacos (hoy Universidad de Sevilla) fue la primera de las siete, todas idénticas, que la artista estadounidense e Hija Adoptiva de la ciudad Anna Hyatt Huntington realizó, fascinada por el personaje. Las otras seis se encuentran en la Plaza de España de Valencia, en la Hispanic Society of America de Nueva York, en el Museo de la Legión de Honor de San Francisco, en el Balboa Park de San Diego, en Washinton D.C. y en el popular barrio del Caballito de Buenos Aires, al que da nombre.