Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

jueves, 26 de mayo de 2011

Leyenda de Tomasín, el nazarenito de Santa Isabel.

Tomasín era un niño del barrio de San Marcos que, con apenas ocho años, quedó huérfano de madre. Su padre, que trabajaba en la terminal de ferrocarriles de San Jerónimo, no podía ocuparse adecuadamente de él debido a lo largo de su jornada laboral, por lo que decidió dejarlo al  cuidado de las monjas del convento de Santa Isabel.

El niño tenía buen natural, era obediente y alegre y, por ello, pronto fue especialmente querido por las monjitas. La ilusión de Tomasín era salir de nazareno en la cofradía de los Gitanos. Queriéndole dar el gusto al chiquillo,  las monjitas le confeccionaron la túnica, para que su padre lo metiera en las filas de nazarenos el Viernes Santo por la mañana, en su regreso al templo.
Portada de la iglesia del convento de Santa Isabel.
Tomasín contaba los días para vestirse de nazareno, pero tuvo la mala fortuna de caer enfermo durante la Cuaresma. Su estado se agravó y finalmente falleció días antes del Viernes Santo.

La triste noticia se difundió por el barrio de San Marcos, y todos los vecinos quisieron acompañar el cortejo hasta el cementerio. El velatorio fue multitudinario. Resultaba muy doloroso ver a Tomasín amortajado con su túnica de nazareno que nunca llegó a estrenar. Aquel año, la noche del Jueves Santo fue diferente. La casa de vecinos en la que vivía, en la calle Vergara, número 9, donde años atrás se formaba un revuelo de nazarenos de Montesión, Macarena, Los Gitanos, no parecía la de otros años.
Calle Vergara nº 9. La casa de Tomasín.
Sin embargo, un hecho insólito perturbó la tranquilidad del barrio y quedó grabado en la mente de todos los que lo vivieron y oyeron contar: cuando el reloj marcaba las dos de la madrugada del Viernes Santo, cuatro hermanos de la Hermandad de Los Gitanos atravesaban la  plaza de Santa Isabel para enfilar la calle Enladrillada y llegar a la iglesia de San Román para procesionar. Escucharon el sonido de una puerta de madera abriéndose y, ante su asombro, vieron la figura de un niño pequeño con su túnica y antifaz colocados,  que salía del convento de Santa Isabel con su varita en la mano. Los cuatro hermanos se quedaron petrificados al ver como aquel nazarenito se perdía por la calle delante de ellos. Decidieron seguirle, pero pronto desapareció y tan solo  encontraron  una pequeña varita de nazareno caída en el suelo. La recogieron y se la entregaron al día siguiente a las monjas del convento. La Hermana Superiora no salía de su asombro, y no podía dejar de preguntarse cómo había salido del convento aquella vara que guardaban como recuerdo del niño que con tanto cariño habían cuidado.

A pesar de haber pasado muchos años de estos hechos, todavía se siguen produciendo las apariciones de un nazarenito en la madrugada del Viernes Santo saliendo del convento de Santa Isabel. Es Tomasín, que se dirige a su cita anual con la Hermandad de los Gitanos.

El Convento de Santa Isabel de Sevilla lo funda la viuda de don Gonzalo Farfán de los Godos, doña Isabel de León, en el año 1.490, dedicándolo a la Visitación de Santa Isabel y a San Juan Bautista, como sede para alojar a las religiosas de la Orden de San Juan. Se encuentra en el número 2 de la calle Hiniesta, dando su fachada sur a la plaza de Santa Isabel.
Tímpano de la entrada al convento, en la calle Hiniesta, 2.
Del primer edificio de este convento sólo se conservan un patio con pilares ochavados de factura mudéjar y una fuente renacentista realizada en mármol.

La iglesia la proyecta el reconocido arquitecto Alonso de Vandelvira quien, además, se hace cargo de la dirección de las obras en el año 1.602. Presenta la tradicional planta conventual de cajón, de una sola nave rectangular de tres tramos, cubierta con bóveda de cañón con lunetas, con la Capilla Mayor cubierta por una bóveda vaída o de pañuelo.
Fachada y espadaña de la iglesia del convento de Santa Isabel.
De Vandelvira es también la portada de piedra que se levanta al pie de la plaza, organizada según un arco de medio punto, flanqueado por parejas de columnas corintias de fuste estriado y sendas hornacinas entre ellas.

Por encima de este primer cuerpo se crea un ático cuyo motivo central es un magnífico altorrelieve enmarcado por columnas corintias, que representa la escena de La Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel, labrado por Andrés de Ocampo en 1.609. El carácter manierista de la portada queda remarcado por las altas pirámides con esferas que la rematan lateralmente y su frontón triangular superior.
La Visitación de la Virgen a su prima Santa Isabel.
Altorrelieve sobre la portada de la iglesia. Andrés de Ocampo, 1.609.
Una espadaña de diseño manierista, realizada a principios del siglo XVII, se dispone sobre el muro de los pies, presentando azulejos con el escudo de la Orden de San Juan Bautista. 
Espadaña de la iglesia de Santa Isabel, vista desde la Placita de Santa Paula.
Una gran parte de este conjunto conventual fue transformado y reutilizado después de la Desamortización de Mendizábal, siendo usado primero como cárcel de mujeres, después como Casa de Arrepentidas, y más adelante como centro docente. Desde mitad del siglo XIX el convento queda regentado por las religiosas filipenses (que no filipinas, como recogen algunos artículos consultados) Hijas de María Dolorosa, la Orden que fundara la Madre María de los Dolores Márquez y Oñoro Sevilla, 1.817-Sevilla, 1.904), cuyo cuerpo se encuentra enterrado en el coro bajo, junto con el del otro promotor de la Orden, el Padre Francisco García Tejero (Garray, Soria, 1.825-Sevilla 1.909).
Enterramiento de los fundadores de la Orden Filipense Hijas de María Dolorosa, visto desde la iglesia.

Madre María Dolores Márquez y Oñoro.
Padre Francisco García Tejero.
Actualmente la congregación filipense ha destinado el edificio a la actividad docente, dedicándose también parte de la comunidad al bordado de ornamentos sagrados, labor de la que gozan merecida fama.

Tras concertar una cita con la Madre Superiora, que nos atendió amabilísimamente (aunque luego abundaré en este sentido), llamamos al videoportero que hay en la entrada de la calle Hiniesta y entramos en el convento. Nos recibe un primer patio, que se ve bastante antiguo, según se desprende de los capiteles de las columnas y de las almenas del muro exterior. En él destaca sobre todo un magnífico azulejo, de buen tamaño,  que representa a la Madre María Dolores, cofundadora de la Orden. Fue realizado por Cerámica Santa Ana y colocado en este compás en 1.984.
La Madre María Dolores Márquez. Retablo de Cerámica
Santa Ana de 1.984 colocado en el compás del convento.
Nos da la buenvenida una hermana filipense todavía más amable, si cabe, que la Madre Superiora. Como tienen reunión en esos momentos, ni corta ni perezosa nos entrega (a mi mujer y a mí) las llaves de la iglesia y nos indica dónde se encuentra el cuadro de luces para que lo manejemos a nuestro antojo. Nos quedamos de piedra; después de anteriores experiencias en las que hermanas de otros conventos no nos dejan pasar de la puerta de la calle ni pagando (de encontrar una iglesia abierta fuera de horario de misas ya ni hablamos), comprobar que entre estas hermanitas existe tanta simpatía y confianza ante dos perfectos desconocidos es algo que agradezco profundamente.

El interior del convento demuestra que su configuración actual es el resultado de la adición de fincas colindantes al edificio original, que es precisamente por donde entramos, en la calle Hiniesta. Atravesamos varios pasillos, un patio (hay al menos dos más, que luego veremos), el antiguo despacho de Sor María Dolores y la sacristía hasta llegar a la iglesia.
Sacristía de la iglesia de Santa Isabel.
Dolorosa situada en la sacristía.
En su interior cuenta con un notable grupo de valiosos retablos, muy de acorde con la arquitectura del edificio, con obras manieristas y protobarrocas.
Vista general desde el Retablo Mayor. Al fondo, arriba, se encuentra el Coro y,
bajo él, en el Sotocoro, están enterrados los fundadores de la Orden.
El gran Retablo Mayor fue diseñado por Juan de Mesa y tallado por Antonio de Santa Cruz en 1.624. Expoliado por el mariscal Soult (ya no sé qué decir de este hombre), sólo quedan de la composición original “El Nacimiento” de Juan del Castillo y un San Juan Niño (apodado “el Sanjuanito”), ambos en el ático.
Retablo Mayor. Diseño de Juan de Mesa y talla de Antonio de Santa Cruz.
Uno de los ángeles que escoltan el Retablo Mayor.
Imagen central del Retablo Mayor.
El Bautismo de Cristo (copia). El original fue robado por el mariscal Soult.
Custodia del Retablo Mayor.
Ático del Retablo Mayor. "El nacimiento" , de Juan del Castillo (izquierda) y
"San Juan Niño" (derecha), apodado popularmente "el Sanjuanito".
Muro lateral izquierdo del Retablo Mayor.
Retablo de dicho mural. Desconozco a quién representa.
Óleo a la izquierda del anterior retablo.
De 1.630 es el Retablo del Nazarenocon pinturas que representan a  los Evangelistas,  de finales del siglo XVII, esculturas de San Pedro y San Pablo y, en el centro, una imagen de candelero  de un Nazareno del siglo XVIII.
Retablo del Nazareno. Siglo XVII. A sus lados, San Pedro y San Pablo.
Altar del Retablo del Nazareno.
Tímpano del Retablo del Nazareno.
Junto al retablo del Nazareno encontramos un coqueto confesionario, que reproduzco a continuación:

A continuación está el Retablo del Cristo de la Misericordia, de un solo cuerpo, fue trazado por Juan de Oviedo y terminado por Martínez Montañés en 1.620. El Crucificado que lo preside se debe a Juan de Mesa (1.622).
Retablo del Cristo de la Misericordia. Juan de Oviedo y Martínez Montañés, 1.620.
Cristo de la Misericordia. Juan de Mesa, 1.622.
Altar del Retablo del Cristo de la Misericordia.
Ático del Retablo del Cristo de la Misericordia.
Después del Cristo de la Misericordia podemos observar el Retablo de San Juan Bautista, cuya única referencia encontrada es la lápida situada en el banco del altar, que indica que fue sufragado por el capitán García de Heredia y su esposa, doña Ana de Paredes.
Retablo de San Juan Bautista.
San Juan Bautista.
Ático del Retablo de San Juan Bautista.
Hemos llegado al coro, al que se accede por dos bonitas puertas que flanquean el lugar de reposo de los fundadores de la Orden.


Quizá sea el momento de volvernos y observar la iglesia desde otro punto de vista.
Vista de la iglesia desde el coro bajo.
Vista de la bóveda desde el mismo sitio.
Al otro lado de la nave encontramos, más cercano al coro, un retablo de un sólo cuerpo y dos pinturas; la central  representa la Adoración de los Reyes Magos ante Cristo recién nacido y la otra, a San José y la Virgen María con el Niño. No encuentro referencia alguna del retablo, por lo que lo denomino (de momento) Retablo de los Reyes Magos.
Retablo de los Reyes Magos.
Altar del Retablo de los Reyes Magos.
Custodia de dicho Altar.
Ático del Altar de los Reyes Magos.
El siguiente y último, al lado derecho del cajón de la entrada principal de la iglesia, es el Retablo de San José. Obra de Diego López Bueno, está fechado en 1.612.
Retablo de San José. Diego López Bueno, 1.612.
Altar del Retablo de San José.
Ático del Retablo de San José.
Púlpito, junto al Retablo de San José.
Regresamos ahora al coro bajo, donde había comentado la existencia de dos puertas gemelas que daban acceso a él. Su interior alberga el enterramiento de los cofundadores de la Orden, ya comentado, y algunas tallas y pinturas de las que, desgraciadamente, no he obtenido información alguna. Me limito, pues, a presentar las fotografías:
Sepultura de los fundadores de la Orden, en el Coro Bajo.
Precioso el extremo del sotocoro. Lástima de humedad, que ha afectado a las pinturas.
Techo del coro bajo, con una de las dos arañas de cristal que exhibe, junto la Cruz
de San Juan que se repite por todo el conjunto, incluida la espadaña de la iglesia.
Al fondo del coro bajo hay una puerta que comunica con otro patio interior, adornado por una fuente renacentista de mármol blanco en el centro,  al que se asoman las cristaleras de las aulas. Es un espacio que recuerda enormemente al patio del colegio San Francisco de Paula; sólo le faltan los azulejos de las paredes.
Uno de los patios interiores del convento de Santa Isabel.
Deshacemos el camino por sotocoro, iglesia y sacristía y, antes de salir de salir al patio de entrada, a nuestra izquierda, podemos observar un nuevo patio porticado con arcos y columnas elaborados con ladrillo de claro estilo mudéjar (se nota que el conjunto se ha formado a base de unir casas ya existentes anteriormente). Está profusamente adornado con macetas de helechos y luce en uno de sus muros un recuadro cerámico que representa a San Felipe Neri:
Retablo cerámico de San Felipe Neri.
Ahora sí que ha llegado el momento de despedirse de las hermanas que tan amablemente nos han tratado y salimos del convento hacia los 37 ºC que nos esperan fuera, que para ser el mes de mayo no está mal.