Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 29 de enero de 2011

Leyenda del Tesoro del Carambolo.

Cuenta la leyenda que reinaba Argantonio en la mítica Tartessos, cuando sus aliados fenicios decidieron dejar de comprar sus productos para así obligar a los tartesios a bajar los precios y poder obtener mayor beneficio en su comercio con Tiro y el resto de colonias mediterráneas.

El rey, que era sabio y justo, se enfureció al ver la estrategia de los orientales y les amenazó con romper los tratos comerciales y expulsarles del país si no cesaban en su actitud. Los fenicios, seguros en sus colonias de Sevilla y Gadir, ignoraron la advertencia y continuaron con su proceder, lo cual aún disgustó más al ilustrado soberano, poco amigo de disputas, pero amante de su pueblo.
Argantonio decidió atacar las dos principales factorías fenicias para darles un escarmiento, así que dividió el grueso de su ejército en dos y, con él mismo y su hijo Terión a la cabeza, comenzaron el asedio de las ciudades. Los fenicios, que habían previsto el proceder del monarca, aprovecharon la débil situación en la que había quedado la capital tartesia tras la marcha de Argantonio y la atacaron. La ciudad quedó destruida rápidamente, pues su ejército se encontraba batallando y la defensa fue inútil. Todos los habitantes, ancianos, mujeres y niños fueron pasados a cuchillo.
Desde el asedio de Gadir, el rey distinguió el resplandor del fuego que arrasaba su capital, y volvió sobre sus pasos a la desesperada para auxiliar la ciudad. Cuando su ejército llegó a Tarsis, se encontraba extenuado y fue presa fácil de los fenicios. Los hombres de Argantonio, incluido él mismo, perecieron bajo las flechas fabricadas por su propio pueblo.
Sólo un hombre, que se había camuflado entre los cadáveres de sus compañeros, sobrevivió a la matanza. Y, cuando cesó la lucha, se avergonzó de su actitud y lloró la muerte del rey. Antes de que los enemigos saqueasen los cadáveres de sus compañeros, el soldado decidió redimir su cobardía. Se acercó al cuerpo inerte del monarca y le despojó de las ricas insignias reales que, por justicia, pertenecían al nuevo rey de Tartessos, su hijo Terión.
Sin pararse a pensar, se alejó corriendo del campo de batalla y no paró hasta la orilla del río Tarsis, donde se encontraba el resto del ejército. Allí, tras recuperar el aliento, informó a Terión del destino de su padre y de todo lo que había acontecido, y le tendió el lienzo en el que había guardado los brazaletes y collares propios del rey de Tartessos. El nuevo rey recompensó su bravura y se retiró a su tienda a orar. En silencio, observó los símbolos de su nuevo estatus y, con lágrimas en los ojos, juró que no los ceñiría hasta haber vengado la muerte de su padre y de todos los inocentes caídos. Luego, para asegurarse que, si él moría, los fenicios no se harían con las joyas reales, las introdujo en una vasija y las enterró allí mismo.
Aún brillaban las estrellas cuando el ejército tartesio comenzó a prepararse para la batalla. Y, al alba, los hombres de Terión atacaron simultáneamente la ciudad y la enorme flota fenicia anclada en el Guadalquivir. La lucha fue feroz, y las bajas fueron cuantiosas en ambos bandos. Terión, herido por una flecha, murió; no vivió para ver la victoria, y tampoco pudo celebrar la rendición de Gadir varios meses más tarde. Así que las insignias de su padre quedaron enterradas en el lugar de su última oración, a pesar de que su breve reinado se saldó con su única promesa cumplida.
El tiempo pasó, Tartessos pereció, Roma cayó y el mundo se duplicó. Más de 2.000 años después, unos trabajadores descubrieron una vasija en el transcurso de unas obras. En ese momento, el sol brilló más fuerte, y es que Terión y Argantonio rieron complacidos para celebrar que su tesoro volvía a manos de sus herederos.
El Tesoro del Carambolo es un conjunto de varias piezas de oro y cerámica que primitivamente se creyeron de origen tartésico, aunque recientes investigaciones lo consideran el ajuar propio de animales que eran sacrificados en un templo de origen fenicio dedicado al dios Baal y la diosa Astarté que se encontraba en aquel lugar.
Fueron encontradas en el cerro del Carambolo, en el municipio de Camas, a tres kilómetros de Sevilla, justo donde se separa la carretera hacia Huelva y Mérida. Con motivo de unas obras en el Real Tiro de Pichón, el 30 de septiembre de 1.958, uno de los obreros, Alonso Hinojos del Pino, encontró casi en la superficie un brazalete que luego resultó ser de oro de 24 quilates y de un incalculable valor arqueológico. Al observar que al brazalete le faltaba un adorno, tanto él como el grupo de trabajadores que participaba, siguieron excavando en la búsqueda de la parte restante. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando encontraron un recipiente de barro cocido, una especie de lebrillo, conteniendo muchas otras piezas. Aparentemente eran imitaciones de joyas antiguas, de latón o cobre, por lo que no dieron mayor valor a lo encontrado. Tanto es así, que se las repartieron entre los trabajadores que habían intervenido. Uno de ellos, para demostrar que no podían ser de oro, dobló repetidamente una de las piezas hasta llegar a romperla. Debido a aquella absurda prueba, la marca de una perceptible rotura ha dañado para siempre uno de los elementos que tiene forma de piel de toro. La sensatez y el temor de posteriores responsabilidades, aconsejaron a los obreros a entregar las joyas encontradas. La leyenda comenzaba a dejar de serlo para convertirse en realidad.
La directiva del Tiro de Pichón, con buen criterio, buscó la intervención de una de las máximas autoridades en investigaciones tartésicas, el arqueólogo y catedrático don Juan de Mata Carriazo. El profesor Carriazo realizó un minucioso examen del tesoro y presentó el correspondiente informe:
"El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2.950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo".
El profesor Carriazo estableció que estas piezas pertenecían, fijando un amplio margen de error, a un período comprendido entre los siglos VIII y III antes de Cristo, agregando:
"- Un tesoro digno de Argantonio", legendario rey de Tartessos.
 El Tesoro fue comprado en 1.964 por el Ayuntamiento de Sevilla por un millón de pesetas, para evitar que, de acuerdo con la ley existente, pasara al Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Desde el año 2.009, el Tesoro del Carambolo original es la muestra más espectacular del Museo Arqueológico de Sevilla. Desde hacía treinta años se exponía una réplica realizada en oro, guardándose el original en la cámara acorazada de una entidad bancaria, de la que salió sólo cuatro veces en dicho período de tiempo.
 En enero de 2.011, se presenta un proyecto que prevé la reconstrucción del santuario a tamaño real en un cabezo próximo al lugar donde fue encontrado el Tesoro, ya que el emplazamiento original es, en la actualidad, de propiedad privada.
Un bloque de un metro de hormigón tapó hace un lustro el yacimiento del cerro del Carambolo, tras varios años de reveladoras excavaciones arqueológicas, sepultando así toda posibilidad a los ciudadanos de conocer cómo era el lugar en el que se encontró el tesoro más conocido del pasado de Sevilla. Hasta ahora, cuando un grupo de expertos liderados por la Sociedad Española de Arqueología Virtual (SEAV) tiene el ambicioso objetivo de reconstruir el santuario en el que estaban las citadas joyas y en torno al que giraba esta devoción de los fenicios. Porque eran fenicios, tal y como desvelaron las últimas excavaciones arqueológicas en el yacimiento entre 2002 y 2004, y no tartésicos como se había creído hasta entonces.
Museo Arqueológico de Sevilla.
Será de este modo un centro de interpretación que nada tendrá que ver con los construidos hasta el momento en nuestro entorno, ya que recreará lo más fielmente posible el templo de más de 3.000 metros cuadrados que empezó a nacer con pequeñas dimensiones en el siglo IX antes de Cristo y duró apenas dos siglos y medio. Es el momento de su máximo apogeo el que se reproducirá en un proyecto que pretende ir más allá de la experiencia de recorrer un museo y sumergir al visitante en un viaje al pasado con una atmósfera mágica.


Desde enero de 2.012, tras cincuenta y cuatro años guardadas en la caja fuerte de un banco, las piezas originales del tesoro del Carambolo se exponen de forma permanente en Museo Arqueológico de Sevilla.

Actualización.
Desgraciadamente, el tesoro original tan solo se expuso unos meses, pasando posteriormente a la caja fuerte del banco. El motivo: el Ayuntamiento no podía costear la custodia del conjunto (de hecho, no puede ni hacerse cargo de la reparación de las cubiertas del Museo que, cada vez que llueve, se transforma en piscina).

Leyenda del Cristo del Cachorro (actualizada).

Cuenta la tradición que en el barrio de Triana, al otro lado del Guadalquivir se encontró a finales del siglo XVI, una imagen de la Virgen  oculta en el fondo de un pozo, donde probablemente fue escondida por los cristianos en el tiempo de la invasión árabe. Rápidamente, cobró gran devoción entre los vecinos, que le construyeron a base de limosnas una pequeña capilla en la que poder honrarla. Muy pronto, como solía ser costumbre en la ciudad, se fundó una hermandad alrededor de la talla tan milagrosamente encontrada.
María Santísima del Patrocinio.
A mediados del siglo siguiente se constituyó otra hermandad, llamada de Nuestra Señora del Patrocinio, advocación muy del gusto del reinante Felipe IV. Poco después, en 1.689, ambas hermandades se fusionaron, adoptando el nombre de Hermandad de la Sagrada Expiración de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima del Patrocinio.
Capilla del Patrocinio, en la calle Castilla, 182.
Vivía por aquel entonces en la Cava de Triana, donde se situaban las chozas de los gitanos, un hombre de esta raza, de unos treinta años y apuesta figura, muy conocido por su habilidad para tocar la guitarra y sus facultades para el cante jondo, que atendía por el sobrenombre de El Cachorro.
El Cachorro en su camarín de mármol jaspeado, con frontal de madera tallada y dorada.
El Cachorro era hombre serio, taciturno, reconcentrado y cuando participaba en las fiestas gitanas o en las juergas de las tabernas, siempre se mantenía apartado del jolgorio general. No se le habían conocido amores, pero muchas de las gitanas de La Cava suspiraban por él. No faltaba quien afirmaba con despecho que era debido a que tenía un amor secreto al otro lado del río, en alguno de los barrios señoriales. 

Cuando desaparecía durante varios días nadie se cruzaba con él en los caminos, ni en localidades cercanas o ferias de los alrededores; solo podía estar en un sitio: a la otra orilla del río, en algún lugar que no frecuentaran los gitanos. Se corrió la voz de que tenía un romance con una señorita de buena familia y que su seriedad era a causa de que la familia de la novia no aceptaba esos escarceos.
Santísimo Cristo de la Expiración.
Un día apareció la Cava un hidalgo ricamente vestido que preguntaba por todos lados por un gitano al que llamaban El Cachorro. No son los miembros de esta raza hablar más de la cuenta, y menos de uno de los suyos con un payo. Sin embargo, algo debió entrever el caballero porque cuando se marchaba de Triana iba convencido de que aquel al que buscaba se encontraba en aquel lugar. 
Desde aquel día se le vio merodear por el barrio, unas veces a pie, otras a caballo, siempre bien vestido y con el ademán obstinado, como un cazador en su puesto de acecho.
Detalle.
Por otra parte, tras la fusión de hermandades y la creación de la nueva Hermandad de la Expiración, se creyó necesario dotarla de imágenes titulares. Reunido el Cabildo de Cofrades, se acordó concertar con algún artista de renombre la construcción de una escultura que representase al Señor en el mismo momento de su muerte. Tras varias propuestas, se le hizo el encargo se realizó al mejor imaginero de la ciudad en esos momentos, Francisco Antonio Ruiz Gijón.


Se tomó muy a pecho el maestro este pedido, proponiéndose realizar una figura que destacase entre las excelentes tallas esculpidas por sus predecesores, que eran artistas de la categoría de Martínez Montañés, Juan de Mesa o Pedro Roldán, ahí es nada. 
Fotografía cortesía de la Hermandad del Cachorro.
Este afán de superación le supuso dibujar cientos de bocetos y docenas de modelos de barro, sin que ninguno de ellos llegaran a satisfacerle del todo. Se obsesionó de tal manera que tan solo vivía para este encargo, sin apenas comer ni dormir, recluido en su taller día y noche. Enflaquecía a ojos vista y llegó a preocupar muy seriamente a familia, al caer enfermo y contraer unas fiebres que, a pesar de la oposición de sus allegados, no le impedía seguir intentando obtener la ansiada figura.
Cierta noche se despertó de repente, se incorporó con trabajo en la cama y, siguiendo un súbito impulso, se vistió y salió de su casa, en la Puerta Real. Caminaba al azar, sin destino definido, y cuando se dio cuenta se encontraba ante el puente de barcas, única comunicación entre Sevilla y Triana en aquella época. Lo cruzó y siguió andando, hasta llegar a la capilla del Patrocinio. 
Una de las manos del Cachorro.

Se encontraba fantaseando ante la puerta de la capilla, pensando en como quedaría la talla que quería labrar cuando, de pronto, oyó grandes voces y agudos gritos de mujer. Al volverse, pasó ante él un jinete a galope tendido, del que tan solo pudo distinguir que llevaba una costosa capa de seda al viento. Guiándose por los gritos, el viejo maestro se dirigió hacia el lugar del que provenían, que no era otro que las chozas de los gitanos de la Cava, con la intención de auxiliar a quien lo necesitase. 
Ya cerca, vio la causa de aquella barahúnda. En el suelo había un hombre retorciéndose de dolor en los últimos espasmos de la agonía. Parecía querer decir algo, acaso el nombre de su matador y, alzando la cabeza, dejaba escapar con trabajo los estertores de una respiración que se acababa. Aquel hombre era el Cachorro, el gitano que había cumplido su cita con el destino, pagando con la vida sus secretos amores. Una daga de rica empuñadura le atravesaba el cuerpo, de pecho a espalda. 

Al verlo, Ruiz Gijón se olvidó del hombre compasivo que llevaba dentro y se sintió salvaje y gloriosamente artista, nada más que artista y, mientras las mujeres intentaban socorrer al moribundo, Ruiz Gijón sacó de sus bolsillos un trozo de carboncillo y un papel, en el que, a la luz de los candiles, iba bosquejando la cara de agonía del gitano. Después murió el Cachorro, siendo su exangüe cuerpo levantado en brazos por algunos gitanos que iban llegando para llevarlo a su domicilio y velarlo.

Después de aquel suceso, bastó poco tiempo para que Ruiz Gijón trasladara a la madera el boceto que había hecho aquella noche. Gracias a él, consiguió que la imagen tuviera exactamente la expresión de la agonía.
Y cuando aquel año de 1.682 salió por primera vez la nueva imagen de la Hermandad del Patrocinio, el vecindario de Triana al ver en la cruz el Cristo de la Expiración, comenzó a prorrumpir en gritos de admiración y de sorpresa.
 - ¡Mirad, si es el Cachorro!
Y en efecto, era el Cachorro, el gitano taciturno, cantaor y enamorado, el que mataron por amores una noche en la Cava de Triana y que el soplo del genio del gran artista Ruiz Gijón, había convertido en la figura del más hermoso y dramático de los Cristos Crucificados que forman el tesoro escultural de la Semana Santa sevillana.
Como curiosidad añadida, la talla presenta un ojo de color marrón y el otro verde.
La leyenda vino a completarse con la investigación llevada a cabo por la justicia en la que al fin se conoció la verdad. En efecto, el gitano visitaba cada pocos días a una mujer, aunque resultó que esta dama era en realidad su propia hermana bastarda. El hombre, en el intento de mantener el secreto por temor a perjudicarla, dado su origen, había sido descubierto y acusado de aquellas erróneas intenciones.
Existe otra teoría, según la cual, el apelativo de El Cachorro era una denominación bastante usada por los literatos del Siglo de Oro, y que proviene del "Cachorro del León de Judá". Curiosamente, la expresión "El Cachorro" no aparecía en tiempos pretéritos para llamar a este imponente crucificado del Viernes Santo. Todo parece indicar que se trata, simplemente, de algo con tintes románticos pero que, con el paso del tiempo, ha conseguido sintetizar la profunda devoción del pueblo de Sevilla a este Cristo que, cada Viernes Santo (si no llueve, que esa es otra), nos recuerda el momento en el que Jesús expiró.
Dentro de la leyenda del Cristo del Cachorro existe una digamos “sub-leyenda” entre los sevillanos, que afirma que el verdadero Cristo de la Expiración se encuentra en el cementerio de Sevilla, adonde fue llevado a escondidas tras el grave incendio que sufrió la Capilla en 1.973. La imagen original fue sustituida por una réplica realizada por los restauradores.
Entre la Glorieta del Cristo de las Mieles y la Glorieta de la Piedad se encuentra el Panteón de don Aníbal González y Álvarez-Ossorio, el arquitecto por antonomasia de la Sevilla del siglo XX y, especialmente, de la Exposición Ibero-Americana de 1929.
El ilustre arquitecto falleció en 1.930, y su panteón es, sin duda, uno de los lugares más visitados del cementerio de San Fernando, por el "misterio" que se guarda dentro de él, lo que ha provocado una auténtica leyenda urbana-cofradiera, como hay tantas que circulan por nuestra Sevilla tan amante de lo legendario y de la mitificación.
Se trata de una construcción de ladrillo visto, con un arco de medio punto, que se encuentra cerrado con una cancela negra con celosía, de pequeños dibujos que dejan ver su interior, con cierta dificultad.
Panteón de Aníbal González, en el cementerio de san Fernando.
Si se atreve a mirar dentro (les aseguro que la primera vez siempre produce cierta impresión) y dirigen su mirada al lado izquierdo del panteón se encontraran con una impresionante reproducción del Cristo del Cachorro. Pues bien, la leyenda urbana cofradiera afirma (a toda luces equívocamente) que esta es la autentica imagen del Cachorro; es más, si usted se acerca por allí y pregunta, no faltará algún empleado del lugar que afirmará sin pestañear que lo que usted esta contemplado es el talla original de don Francisco Antonio Ruiz Gijón.

Leyenda de la mujer emparedada.

Es bastante común en muchas ciudades españolas la existencia de leyendas sobre mujeres emparedadas. Cartagena, Puerto de Santa María, Córdoba, la burgalesa Modúbar de la Emparedada (de verdad que tiene ese nombre), Úbeda y muchas otras localidades guardan en su conciencia colectiva relatos sobre mujeres a las que el machismo y la intolerancia de la época condenó a morir de tan espantosa manera.
Casi todas ellas tienen un guión semejante: la señora de casa noble entabla amoríos con un mozo que suele ser un criado o incluso ¡un esclavo negro! El cornudo descubre el adulterio y manda emparedar a la esposa y ejecutar al criado.

Sin embargo, en la leyenda de la emparedada de Sevilla cambia bastante la historia:
En la casa número 4 de la calle Marqués de la Mina, cercana a la parroquia de san Lorenzo,  vivía Esteban Pérez, maestro albañil. Una noche de invierno del año 1.868, llamaron a su puerta y, al abrir,  encontró un caballero cubierto con chistera y envuelto en una amplia capa, que le hizo un encargo urgente para esa misma noche. Ante la promesa de una buena paga, el albañil se vistió, tomó sus herramientas y subió al carruaje del caballero. Una vez dentro, éste insistió en vendarle los ojos para que no conociese el lugar de destino; como el albañil recelaba, el embozado esgrimió un revólver y, poniéndolo en el pecho del albañil, dijo:

- Puede usted elegir entre el oro y el plomo.
Casa número 4 de la calle Marqués de la Mina.
Durante una hora larga estuvo el carruaje recorriendo las calles de la ciudad, siendo imposible para el pobre albañil calcular, ni siquiera aproximadamente, el lugar en el que finalmente se detuvo el carruaje.

Fue llevado a un sótano en el que le descubrieron los ojos y se le ordenó levantar un tabique ante una hornacina. Aterrado, comprobó que en el interior de dicho hueco había una mujer sentada en una silla, atada y amordazada. Ante el titubeo de Esteban, el cañón del revólver se clavó en su costado, oyendo de nuevo la frase:

- Puede usted elegir entre el oro y el plomo.

No fue la promesa de dinero lo que hizo que el albañil levantara el tabique, sino el miedo a que un individuo tan peligroso hiciera uso del arma.  

Terminado el trabajo fue amenazado de nuevo con la muerte si contaba lo sucedido. Le vendaron los ojos y lo llevaron a su casa. Una vez en ella, Esteban se acostó, pero el espantoso encargo no le dejaba dormir; aún veía los ojos de la emparedada suplicándole ayuda. Despertó a su mujer y le contó lo sucedido y, tras una breve discusión, se vistieron y presentaron ante el Juez de Guardia. Éste le tomó declaración y, aunque el albañil no sabía el recorrido que realizó el carruaje, sí recordaba que cada cuarto de hora sonaba la campana de una iglesia cercana. La pista fue definitiva: en toda Sevilla, la única iglesia con reloj que marcaba los cuartos era la de San Lorenzo. Al parecer, el coche había dado vueltas durante una hora para volver al punto de partida. Con este indicio y otros detalles que recordaba Esteban sobre el sótano, encontraron rápidamente el lugar y lograron rescatar a la mujer emparedada sana y salva, que resultó ser hija de los dueños de una conocida confitería de La Campana.
Torre de la Iglesia de San Lorenzo, con el reloj de la leyenda.
El culpable del terrible suceso era su marido, un hacendado cubano propietario de plantaciones de caña de azúcar, que en un ataque de celos la emparedó, siendo detenido por la policía cuando intentaba embarcar rumbo a La Habana. Finalmente, resultó no ser cierta tal afirmación y que el origen de su fortuna estribaba en su oficio de verdugo en la capital cubana. Desde ese cargo, y aprovechando la revolución, se dedicaba al chantaje a personas acaudaladas, a las que amenazaba con denunciar falsamente si no le pagaban el dinero solicitado.

Afortunadamente, y a diferencia de otras muchas leyendas sobre mujeres emparedadas, la de Sevilla terminó felizmente, salvándose la dama y siendo ejecutado el culpable.

La Estatua de la Fama en la Real Fábrica de Tabacos.

Portada principal de la Fábrica de Tabacos (Glorieta del Cid).
Durante siglos, Sevilla fue el puerto al que arribaban los barcos que procedían de las Indias, con sus valiosos cargamentos de oro y plata y con nuevas variedades de vegetales que revolucionaron la alimentación y costumbres de la época. Así, la dieta europea se vio enriquecida con la incorporación del maíz, la patata, el tomate o la batata. Y además estaba el tabaco, que aunque no se comía proporcionaba (y sigue haciéndolo) pingües beneficios. Por ello, no es extraño que la primera fábrica de tabacos en el mundo se construyera en Sevilla.
Portada de la Facultad de Ciencias (calle Palos de la Frontera).
En un primer momento, los diferentes edificios que realizaban la manufactura del tabaco se encontraban dispersos por toda la ciudad, para reunirse más tarde en un único enclave, en la actual Plaza de San Pedro. Sin embargo, pronto quedó pequeño el emplazamiento y hubo de buscarse una nueva ubicación. El lugar escogido fue extramuros de la ciudad, junto a la Puerta de Jerez, en los terrenos conocidos como “de las calaveras” por haberse usado como cementerio en época romana. Se inició su construcción el año 1.728, por parte de ingenieros militares procedentes de España y de los Países Bajos, concretamente Ignacio Sala, Diego Bordick y Sebastian Van der Borcht. Este último fue el que la terminó en el año 1.770, según se aprecia en las inscripciones de dos de los pilares del puente levadizo del lado oeste.
Tramo superior de la Facultad de Ciencias (calle Palos de la Frontera).
El edificio se extiende sobre una superficie de carácter rectangular de 185 x 147 metros, con ligeros salientes en sus ángulos, rodeado en tres de sus lados por un foso que lo aísla del exterior. Consta de dos plantas y entresuelos en las áreas residenciales.
Garita de vigilancia, con la Fábrica al fondo, junto al Hotel Alfonso XIII.
Arquitectónicamente destaca su esquema general de aires renacentistas y estilo herreriano en su planta, patios y detalles de remate de las fachadas, las cuales están realizadas en cantería y se encuentran enmarcadas por pilastras que se elevan sobre un pedestal que recorre el inmueble. La fachada principal, actual sede del Rectorado de la Universidad de Sevilla, se abre a la calle San Fernando y en ella se aprecia la influencia del estilo barroco, con una portada con dobles columnas a cada lado y en la planta superior, balcón balaustrado y remate con tímpano decorado con atributos reales. Por encima, se levanta la Estatua de la Fama y jarrones de azucenas, obras de Cayetano de Acosta, el mismo autor portugués de las fuentes de mármol blanco de los dos patios interiores y los pináculos que decoran las cuatro esquinas del edificio. 
Foso de la antigua Real Fábrica de Tabacos.
En la Real Fábrica de Tabacos trabajaban sobre todo mujeres, la mayoría de la vecina Triana: eran las cigarreras, mujeres de raza y temperamento, frecuentemente reflejadas en la pintura y la literatura, como fue el caso de la “Carmen” de Mérimée.
Azulejo que se repite en todo el perímetro de la verja exterior.
Sobre la Estatua de la Fama nombrada anteriormente existe una singular leyenda: según cuentan, cuando las cigarreras entraban en la Fábrica, ya fueran solas o en pequeños grupos, había ocasiones en que la Estatua hacía sonar la trompeta que portaba. Nadie sabía la razón por la que unas veces se producía este fenómeno y otras no. No importaba que el grupo fuera grande o pequeño o que fueran cigarreras solitarias las que pasaran; el caso es que el instrumento sólo sonaba de forma aparentemente aleatoria y nadie supo el motivo.
Puerta del Rectorado (calle san Fernando), coronada por la Estatua de la Fama.
De esta leyenda tiene a su vez otra más moderna, aunque con tintes un poco machistas. Al parecer, en los años 70-80  del siglo pasado, un hombre llevaba largo rato mirando fijamente la Estatua de la Fama, cuando se le acercó un viejo bedel de la Universidad, que le preguntó el motivo de tanta atención.
Otra imagen de la puerta del Rectorado.
- Estoy esperando que suene la trompeta – contestó, mientras los estudiantes de ambos sexos pasaban continuamente a su lado.
-Ja, ja, ja –respondió el viejo. – Se morirá esperando.
- ¿Por qué?
- Yo conozco la leyenda porque me la transmitieron mis padres, y a ellos, mis abuelos, y así durante generaciones – afirmo el bedel -. La trompeta suena por un motivo, sólo por uno y por ningún otro: la estatua observa a cada mujer que pasa bajo la puerta del Rectorado y cada vez que pasa una mujer virgen hace sonar la trompeta de alegría, y, amigo, le aseguro que hace trescientos años que no suena...
Estatua del Fama.

Leyenda de Doña María Coronel (actualizada).

María Coronel tuvo una desgraciada vida, marcada por las luchas por el poder en una Castilla dividida por continuas guerras civiles, y por el capricho o empecinamiento del rey Pedro por poseer a toda mujer que se le apeteciera. Para entenderla mejor hay que conocer el entorno histórico en que se desarrolla.
Doña María Coronel, pintada por Joaquín Domínguez Bécquer en 1.846.
María Fernández Coronel era la hija mayor de don Alfonso Fernández Coronel, Señor de Montalbán, Capilla, Burguillos y Bolaños, un poderoso noble castellano que logra el favor del rey Alfonso XI, y de la dama sevillana doña Leonor de Guzmán, que durante veinte años fue  favorita del rey y le dio cinco hijos. Merced a estas relaciones, don Alfonso logra el Señorío de Medina Sidonia en Cádiz y otros amplios honores, destacándose en la defensa del reino contra la Orden de Alcántara, a cuyo Maestre, Gonzalo Martínez de Oviedo, derrota, ordenando que sea degollado y quemado en 1.340.
Antigua casa de los padres de Doña María Coronel, posteriormente de los Marqueses de la Algaba y, actualmente recién restaurado, sede de los Servicios Centrales de Participación Ciudadana del Ayuntamiento de Sevilla y Museo del Mudéjar.
Volviendo a Andalucía y a la vida de María Coronel, no acabaron las desgracias para ella cuando murió su padre en Aguilar de la Frontera. Su hermana Aldonza se había casado con Alvar Pérez de Guzmán, Señor de Lara, que también hizo causa común con su cuñado Juan Alfonso y su suegro, Alfonso Fernández Coronel, contra el rey y a favor de su hermano bastardo Enrique de Trastámara. Tras ser derrotados, Alvar huyó dejando a su esposa Aldonza en Sevilla, en el convento de Santa Clara. 

El rey Pedro, que pasaba largas temporadas en Sevilla, donde sobre el antiguo palacio almohade mandó construir el bello Alcázar sevillano, se encapricha de Aldonza Coronel con la que se ve primero en la Torre del Oro y luego en el Alcázar de Carmona. Ante la ausencia de su marido don Alvar Pérez de Guzmán, su cuñado, el esposo de María Coronel, Juan Alfonso de la Cerda, descendiente de la familia real de León, defiende su honor contra el rey levantándose en armas y siendo derrotado por Juan Ponce de León, Señor de Marchena, por lo que es apresado. María Coronel partió desde Sevilla a Tarragona, donde se encontraba el rey para rogarle clemencia. El cruel Pedro I la engañó pues le concedió el indulto porque sabía que antes de que María Coronel volviera con la carta de libertad a Sevilla, el preso habría sido decapitado, lo que efectivamente ocurrió ocho días antes de que ella llegara.
Pedro I de Castilla. Ayuntamiento de León.
María Coronel, ya viuda, se retira a casa de sus padres, en la calle Arrayán, esquina con el mercado de la Feria, donde aún se conserva un hermoso ventanal de estilo mudéjar y que posteriormente fue residencia de los marqueses de la Algaba, corral de vecinos, teatro y almacén.
Esta ventana geminada o ajimez es la única parte del palacio que
se sabe con seguridad que perteneció al edificio original.
Pedro I, que se había percatado de su hermosura, la persigue hasta allí en compañía de sus criados y María huye al convento de Santa Clara, rodeando la laguna de la Alameda, buscando refugio entre las monjas. Éstas, conocedoras de la catadura don Pedro, la esconden en una zanja y la cubren con tablas y tierra sobre la que dicen que crecieron al instante plantas y flores que la ocultaron. El rey, a pesar de registrar todo el convento, no pudo encontrarla y hubo de marchar. Sin embargo, días después y debido a una delación, el monarca se presentó de improviso y persiguió por los corredores a doña María, que finalmente se refugió en la cocina del convento y, viéndose sin salida, se vertió sobre el rostro el aceite hirviendo que se encontraba al fuego, desfigurándose totalmente la cara y las manos.
Convento de Santa Clara, en el que se refugió doña María Coronel.
Dicen unas crónicas que el rey, impresionado y aterrado, le devuelve las posesiones de su familia y las rentas confiscadas, con lo que María Coronel funda con su hermana Aldonza el convento de Santa Inés en la misma casa de sus padres, junto a la parroquia de San Pedro, siendo su primera abadesa hasta su muerte. Sin embargo otros historiadores apuntan a que no recuperó sus propiedades hasta la muerte de Pedro I y la entronización de Enrique II. Esta última versión coincide cronológicamente con los hechos, pues la fundación del convento de Santa Inés data de 1.376 y para su mantenimiento Doña María donó sus posesiones en Sevilla, Carmona y el Aljarafe, y los castillos de su padre al infante don Fernando de Antequera en 1.409, a cambio de que él terminara la construcción del monasterio y entregara una renta anual a sus monjas.
Entrada al convento de Santa Inés, junto a la iglesia de San Pedro.
Portada de la iglesia del convento.

Aunque tradicionalmente se considera que murió el dos de diciembre de 1.411, el historiador Moreno Alonso dice fue en 1.409, cuando tenía alrededor de setenta y cinco años. El cuerpo de doña María Coronel estuvo enterrado hasta 1.679 en un sepulcro bajo, junto a su marido Juan de la Cerda y una hija pequeña, hasta que, con motivo de unas obras, las monjas decidieron trasladarlo a otro sitio. Entonces se descubre que el cuerpo de doña María estaba incorrupto, en tanto que tan solo quedaban cenizas de su marido e hija. En 1.834 se reconocía su incorruptibilidad. Desde entonces se venera piadosamente en Sevilla con un fervor popular que nunca ha decrecido y su cuerpo puede verse cada dos de diciembre tras una urna de cristal.

Tras esta reja se puede contemplar cada dos de diciembre el cuerpo incorrupto de doña María.
Cuerpo incorrupto de doña María Coronel.


Leyenda de la Capilla de las Ánimas o de San Onofre.

El Convento Casa Grande de San Francisco de Sevilla era el más grande de la ciudad desde el año 1.268 en que fue construido. Abarcaba una enorme cantidad de terreno, comprendiendo la actual Plaza Nueva y delimitado por la calles Albareda, Carlos Cañal, Zaragoza y Joaquín Guichot. En el solar se alzaba la Iglesia, de grandes proporciones, diversas capillas (hasta cuarenta), varios claustros, biblioteca, hospital, botica, hospedería, cementerio, fuentes, jardines, cuadras y diversas construcciones auxiliares.
A lo largo de los años sufrió frecuentes riadas y graves incendios (años 1.527, 1.658 y 1.716), de los que se pudo sobreponer. Lo que ya no pudo soportar fue la ocupación  francesa, en 1.810 (¡cuánto daño infringieron los franceses en tan poco tiempo a nuestro país!), que terminó con un nuevo y gravísimo incendio. La puntilla la puso, en 1.835, la desamortización de Mendizábal, que suprimió las órdenes religiosas y decretó el embargo de sus bienes, que acabaron  dispersados, perdiéndose en gran parte.
Portada de la capilla de san Onofre o de las Ánimas.
Los edificios del Convento fueron derruidos en 1.840; en la actualidad sólo se conserva el Arquillo del Ayuntamiento, que constituía el acceso al atrio del Convento, y la Capilla de San Onofre o de las Ánimas, fundada en 1.520, y cuya misión principal era la de propiciar que se oficiasen misas por las ánimas del purgatorio, que se encuentra en un lateral de la Plaza Nueva, junto a la calle Barcelona.

La leyenda comienza cuando un caballero llamado Juan de Torres, de noble familia (que tuvo un palacio en la calle Torres, a la que daba nombre, paralela a la calle Feria), tras haber vivido de forma desordenada y pecaminosa, quiso purgar dichos pecados entrando de lego en el convento de San Francisco. Dedicado a la penitencia y a los más humildes trabajos, de noche gustaba rezar en la Capilla de San Onofre.
La capilla de las Ánimas, vista desde la puerta de entrada.
La noche del dos de noviembre, festividad de las Ánimas Benditas, mientras se encontraba entregado a la oración, vio entrar un fraile de su misma orden, que pasaba a la sacristía y volvía a salir al poco rato, vestido como para oficiar la misa. El fraile depositaba el cáliz en el altar, miraba hacia los bancos, daba un gran suspiro y, recogiendo el cáliz sin haber dicho la misa, se volvía a la sacristía de la que salía poco después, ya sin revestir, cruzando la iglesia y desapareciendo.
Calle central del Retablo Mayor de la capilla de san Onofre. Siglo XVII. Tallado por Bernardo Simón de Pineda, con esculturas de Pedro Roldán:  la Inmaculada como figura central y san Fernando (izquierda) y San Hermenegildo (derecha) a los lados.
El hecho se repitió las dos noches siguientes, por lo que el lego comprendió que algo extraño sucedía. Buscó consejo en el Prior del Convento, el cual, sin más explicaciones, le dijo:
- Si vuelve a ocurrir lo mismo, acércate al fraile y ofrécete a ayudarle en la misa.
A la noche siguiente, se repitió el suceso, por lo que el hermano lego se acercó al fraile y le preguntó:
-¿Quiere su paternidad que le ayude a la misa?
Retablo de san Onofre. Gaspar de las Cuevas, siglo XVI.
Las tallas son de Martínez Montañés y las pinturas de Pacheco.
El fraile le contestó  con las primeras palabras de la Santa Misa, sólo que en vez de decir "Introibo ad altare Dei, ad deum qui laetificat juventutem meam" ("Me acercaré al altar de Dios, el dios que alegra mi juventud") su voz se hizo más clara, para articular estas terribles palabras: "Introibo ad altare Dei, ad deum qui laetificat mortem meam" ("Me acercaré al altar de Dios, el dios que alegra mi muerte"). En este punto, el lego ya había comprendido que estaba frente a un aparecido, pero como había sido hombre de armas y conservaba su temple, continuó ayudando en la celebración de la misa al fantasma. Cuando terminó la celebración y el fraile se hubo despojado de sus ornamentos, se volvió al hermano lego y le dijo, hondamente emocionado:
-Gracias, hermano, por el gran favor que habéis hecho a mi alma. Yo era un fraile de este mismo convento, que por negligencia dejó de oficiar una misa de difuntos que me habían encargado, y habiéndome muerto sin cumplir aquella obligación, Dios me había condenado a permanecer en el purgatorio hasta que saldara mi deuda. Pero nadie hasta ahora me ha querido ayudar a decir la misa, aunque he estado viniendo a intentar hacerlo, durante todos los días de noviembre, cada año, por espacio de más de un siglo.

Y tras estas palabras el fraile desapareció para siempre.
Recreación del monje de la leyenda.
Muro izquierdo de la capilla de san Onofre.
La Hermandad de las Ánimas de San Onofre, data del siglo XIII, y sólo cuenta con cuarenta hermanos. Siempre ha sido la propietaria de la Capilla.

Desde el 20 de noviembre de 2.005 se realiza en la capilla la Adoración Eucarística Perpetua, en la que unos 600 voluntarios dedican una hora semanal para acompañar al Santísimo permanentemente, las veinticuatro horas del día.
En su interior se conservan cuatro retablos. El retablo mayor es de finales del siglo XVII, obra de Bernardo Simón de Pineda entre 1.678 y 1.682, y esculturas de Pedro Roldán. Con amplio camarín y columnas salomónicas, la figura central es la de la «Inmaculada Concepción» y a los lado las de San Fernando y San Hermenegildo.
Coro de la capilla de san Onofre.
Cuenta además con otro retablo destinado a su titular, San Onofre, encargado asimismo en el siglo XVI, en principio a Gaspar de las Cuevas, pero cuya arquitectura y pintura es atribuida a los artistas Martínez Montañés y Francisco Pacheco, respectivamente.
Un tercer retablo, dedicado al Niño Jesús, es el de las Ánimas y la Virgen de la Candelaria, revestido de azulejos. Y el último, otra obra de S. de Pinelo, éste de 1.693, está presidido por San Laureano.
Otras obras de interés son un cuadro del mejicano Juan Correa, la Virgen de Guadalupe, del siglo XVII, y un relieve de La Trinidad.