Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

domingo, 24 de junio de 2012

Iglesia de san Román, -I.

La parroquia de san Román y de santa Catalina figura entre las veinticuatro iniciales en que quedó dividida la ciudad de Sevilla, tras la toma de la ciudad por parte de Fernando III.
Fachada de la iglesia de san Román.


San Román (390-460 d.C.) nació en Besançon, condado de Borgoña, en la época en que la invasión de los bárbaros comenzaba a amenazar los territorios romanos. Desde su niñez dio muestras de sabiduría e inteligencia, lo que unido a la completa educación cristiana que recibió en su hogar, le decidió a seguir la carrera eclesiástica. Aprendió de Sabino, abad de Lyon, las virtudes de la vida monástica, aunque Román quiso ir más allá.

Resuelto a practicar él solo todas las virtudes que  admiraba en los otros, se  fue a esconder entre las malezas del monte Jura, que  separa el Franco-Condado, dentro de los términos de la diócesis de Lyon, del país de los suizos. Encontró entre aquellas empinadas montañas un valle llamado Condat, en medio del cual se elevaba un chopo de enorme  corpulencia, bajo cuyas ramas decidió guarecerse. No muy distante,  brotaba una fuente de agua cristalina, rodeada de algunas zarzas, que producían  frutas silvestres.

Determinó quedarse en aquel sitio como ermitaño, pasando algunos años en una perfecta soledad. Se le apareció en sueños a su hermano, Lupicino, invitándole a compartir su vida de soledad y meditación, a lo que accedió éste. Pronto la fama de virtud y santidad de ambos hermanos se extendió, atrayendo a un buen número de discípulos, que constituyeron el germen de lo que sería la célebre abadía de Condat, más tarde conocida como de san Claudio.
San Román.
Encontrándose en Besançon el obispo Hilario de Arlés, oyó hablar de la santidad de Román, al que hizo acudir a su lado para ordenarle sacerdote, lo que acrecentó aún más su fama. Acudían tantos fieles a seguir el camino marcado por Román que se tuvieron que edificar varios monasterios y conventos más para alojarlos a todos.

Aunque pleno de bondad y amor hacia los demás, Román también supo ser duro e intransigente con los príncipes y nobles cuando veía que los derechos de los siervos y de la Iglesia eran pisoteados por ellos. Condat se había convertido en una de las escuelas más famosas de su tiempo y de allí salían fervorosos misioneros y trabajadores para todo los campos en la viña del Señor. Famosos se hicieron aquellos cenobios por su sabiduría, copia de códices, enseñanza de idiomas antiguos, composición de preciosos tratados de vida espiritual y obradores de muchos prodigios. Lleno de méritos y con varios milagros atribuidos (como la curación de un padre y un hijo leprosos con los que había compartido una cueva durante una noche) expiraba el año 460.

El templo parroquial de san Román data del año 1.356, siendo una de las iglesias reconstruidas tras el terremoto de ese mismo año, gracias a la insistencia del arzobispo don Nuño ante Pedro I. De esa época apenas queda la portada principal, ya que sufrió  una profunda renovación barroca en los siglos XVII-XVIII. Como sucedió en otras iglesias cercanas, en julio de 1.936 sufrió un incendio provocado por hordas radicales que quemó todo el interior de la iglesia, de la que apenas quedaron las cuatro paredes.
Iglesia de san Román.
Entre otras obras irremplazables, en el suceso desapareció el Retablo Mayor, en el que se veneraba la imagen de san Román. De la escultura más apreciada del templo en la antigüedad, la Virgen de Granada, obra de Roque Balduque, de la segunda mitad del siglo XVI, instalada en la Capilla Sacramental, no quedó absolutamente nada. Igual suerte corrieron la Virgen de las Angustias y Nuestro Padre Jesús de la Salud, obras ambas de Montes de Oca, y aquí surge la leyenda popular. Se asegura que ni las imágenes ni los enseres desaparecieron con el incendio; al parecer, una vez extinguido éste, no se encontró ni el más mínimo trozo de madera chamuscada ni de metal fundido en el interior, lo que hace sospechar que las imágenes pudieran haber sido puestas a salvo por algún hermano, aunque después del conflicto bélico nunca aparecieran. Más extraño resulta que en el mes de julio estuviera en la iglesia prácticamente todo el patrimonio de la Hermandad, cuando lo habitual era que después de Semana Santa se repartiera entre distintas casas particulares para evitar robos. Sólo se salvaron dos Libros de Reglas, una saya burdeos de la Virgen atribuida a Rodríguez Ojeda y un cíngulo muy curioso y único en Sevilla, que tenía el Señor, con una rosa de pasión en el centro. 

Retablo cerámico de san Román, en la fachada principal.

El templo parroquial fue restaurado en 1.947, en que se entregaron las simbólicas llaves; sin embargo, dado el carácter de urgencia de las mismas y considerando las penurias económicas de la obra, en 1.991 hubo de realizarse una nueva obra de urgencia, prácticamente un apuntalamiento, para que el edificio aguantara hasta la restauración definitiva. Ésta comenzó en abril de 1.994 y no terminó hasta septiembre de 2.004, incluyendo una parada técnica a fin de estudiar datos nuevos descubiertos al hilo de los trabajos.

No estuvo exenta de polémica la obra, centrándose sobre todo en el tabicado de la puerta de la Epístola (calle Sol) y, sobre todo, en el horroroso zócalo de terrazo colocado en el exterior. El terrazo fue retirado finalmente ante el clamor popular, pero el arco de la calle Sol permaneció cerrado.
Retablo cerámico de santa Catalina, en la fachada principal.
Centrándonos en el aspecto actual, la fachada principal tiene una portada gótica de piedra labrada, con arco ojival fuertemente abocinado y arquivoltas sin adornos, excepto la exterior que muestra puntas de diamante. Luce un óculo central de gran tamaño sobre ella y dos óculos laterales de menor diámetro. Hay un cuarto óculo sobre el óculo mayor, que es el único caso conocido entre las iglesias de la época.
Portada principal. Arco ojival con arquivoltas.
Sobre la clave del arco se dispone una pequeña escultura en piedra del titular del templo y, encima, numerosos canecillos sujetan un tejaroz de piedra, que delimita por arriba la zona noble de la portada.
Clave del arco, con figura del santo.
En los laterales de la portada principal se sitúan dos estrechas ventanas polilobuladas mudéjares, bajo las que vemos dos retablos cerámicos, de san Román y santa Catalina.
Una de las dos ventanas laterales mudéjares.
La portada del Evangelio se sitúa en la calle Enladrillada, saliendo a la luz después de muchos años tras demoler una vivienda en ruinas adosada a la iglesia. Es también del siglo XIV, elaborada en piedra, con arco ojival y dos pilastras talladas en los laterales; un pequeño compás se abre ante ella.
Portada del Evangelio (calle Enladrillada).
En la calle Sol encontramos la portada de la Epístola, muy parecida a la anterior, aunque algo más elaborada. Desgraciadamente, en la última restauración quedó cegada.
Portada de la Epístola (calle Sol).
Para terminar la visita del exterior nos detenemos ante la torre campanario, barroca, terminada en el año 1.700. Es de planta cuadrada y dos cuerpos, prácticamente ciego el inferior y con cuatro vanos (uno por campana) el superior. Un chapitel cubierto de azulejos azul cobalto remata el conjunto.
Torre campanario.
Cuando entramos, vemos que se trata de una iglesia de tipo gótico andaluz, formada por tres naves, la  central de mayor anchura y altura que las laterales, separadas entre sí por arcos ojivales sostenidos por pilastras cuadrangulares. La nave central se cubre mediante un artesonado formado por armadura de par y nudillo, con siete tirantes de lacería. Las naves laterales tienen cubiertas dispuestas en colgadizo.
Vista de la iglesia desde los pies de la nave central.
Cubierta de estilo mudéjar de la nave central.
La diferencia de altura entre la nave central y las laterales permite la presencia de múltiples ventanas en la parte superior de los muros de la nave central. Probablemente la iglesia de san Román es la que tiene mayor luz natural en su interior entre las iglesias de este tipo.

Uno de los detalles que llama la atención al entrar son los azulejos que cubren el zócalo de las pilastras, que presentan en dos de sus caras diversos santos cristianos, según iremos viendo.
Pila de agua bendita.
Otra novedad es la ausencia, tras muchos años de estancia (más de cincuenta), de las imágenes de la Hermandad de los Gitanos, que se trasladaron el año 1.999, a la iglesia del Valle, ya en propiedad.

Este vacío de contenido se ha visto cubierto, desgraciadamente, por una serie de retablos y altares procedentes de la muy maltrecha iglesia hermana de santa Catalina, cuya situación, en los momentos de escribir estas líneas es crítica, con grave peligro de derrumbe y una gran falta de coordinación entre Arzobispado, Ayuntamiento y Junta de Andalucía en lo referente a aportación de fondos. 


Pero dejémonos de lamentos y comencemos la visita. Tras cruzar la puerta de entrada, giramos a la derecha para recorrer el templo como va siendo habitual, en el sentido contrario de las agujas del reloj.
Vista de la nave de la Epístola desde los pies.
San Juan Bosco. Vidriera situada a los pies de la nave de la Epístola.
A los pies de esta nave de la Epístola aparece una vidriera moderna que representa a san Juan Bosco. Ya sobre el muro lateral aparece el retablo de santa Lucía, procedente de la iglesia de santa Catalina y anteriormente de la desacralizada iglesia de santa Lucía (aquella en la se bautizó la madre Angelita). La imagen es de la escuela barroca sevillana, de autor desconocido y data en el siglo XVIII. Porta en la mano derecha la espada y la palma del martirio y en la izquierda una bandeja con los globos oculares. Es patrona de invidentes y modistas  e intercesora en la curación de enfermedades oculares.
Retablo de santa Lucía. Expuesta temporalmente por obras en santa Catalina.
Su historia es bien curiosa. Nacida en Siracusa (capital de Sicilia), en el siglo III, dentro de una familia noble y rica, fue educada en la fe cristiana. Su deseo era servir a Dios, pero sus padres la comprometieron en matrimonio con joven de la localidad. Desesperada, visitó al prometido, al que preguntó qué era lo que más le gustaba de ella. “Tus ojos”, respondió el muchacho. Entonces Lucía tomó una espada y se arrancó los ojos, entregándoselos sobre una bandeja. Consagró entonces su vida a Dios, donando el importe de su dote a los pobres y alcanzando gran veneración entre la población. Su cuerpo, se dice que incorrupto, reposa en un sarcófago de cristal bajo el altar de la iglesia de los santos Jeremías y Lucía, en Venecia.
Urna con el cuerpo incorrupto de santa Lucía. Venecia (Italia).
Santa Lucía, con los símbolos de su martirio.
Santa Lucía. Detalle.
El retablo de la Virgen del Rosario, pegadito al anterior, también pertenece a santa Catalina. Presenta la particularidad de sostener al Niño con el brazo derecho en vez del izquierdo, lo que dio pie a una curiosa leyenda:

En un principio, la Virgen sostenía al Niño con el brazo izquierdo, como es habitual en la iconografía de la ciudad. Sien embargo, cuando un monaguillo se disponía a cambiar el aceite de una lamparilla escuchó, de boca de la Virgen, la advertencia de que avisara al cura, pues el techo amenazaba ruina. El monaguillo le respondió que el clérigo no le creería, a lo que la Virgen contestó que, para convencerlo, cuando acudiera tendría al Niño en el brazo contrario. Y así sucedió; cuando el cura llegó, el Niño estaba sobre el brazo derecho de la Virgen y en el techo habían aparecido unas peligrosas grietas que anunciaban un derrumbe. A partir de entonces, la imagen de Nuestra Señora sostiene a su Hijo con el citado brazo.
Retablo de la Virgen del Rosario. Expuesta temporalmente por obras en santa Catalina.
María Santísima del Rosario.
Virgen del Rosario. Detalle.
En un vano de este muro de la Epístola, aparecen a continuación los titulares de la Hermandad de la Exaltación, también con sede en santa Catalina: componen el conjunto el Cristo de la Exaltación (Pedro Roldán, 1.687), la Virgen de las Lágrimas (anónima, siglo XVIII) y san Juan Evangelista.
Titulares de la Hermandad de la Exaltación, también con sede en santa Catalina.
Virgen de las Lágrimas.
Virgen de las Lágrimas. Detalle.
Cristo de la Exaltación.
Cristo de la Exaltación. Detalle.
San Juan Evangelista.
San Juan Evangelista. Detalle.
También procede de santa Catalina la imagen de la Virgen del Carmen, titular de la Hermandad de Gloria del mismo nombre. Realizada por José Gutiérrez Cano en 1.867, se trata de una imagen de candelero, con la cabeza inclinada a la izquierda sosteniendo en la mano derecha el cetro y el escapulario carmelita y en la izquierda el Niño Jesús. Las manos que en la actualidad presenta la imagen no son las originales, sino las que labró Francisco Buiza Fernández en 1.971. El Niño Jesús es de Manuel Gutiérrez Cano, tallado en 1.871. Está de pie con la mano derecha llama a su Madre y con la izquierda sostiene otro escapulario carmelita.
Retablo de la Virgen del Carmen. Expuesto temporalmente por obras en santa Catalina.
Virgen del Carmen.
Las imágenes que la acompañan en el retablo, el Niño Jesús y san Judas Tadeo, no sé si pertenecen a san Román o a santa Catalina.
Niño Jesús.
San Judas Tadeo.
Se muestra a continuación un templete de plata realizado por Jerónimo Seco que contiene  una efigie del Niño Jesús. La presencia de los Seco, con taller en la cercana calle Matahacas hasta hace pocos años, es constante en esta iglesia.
Niño Jesús, bajo un templete labrado por el orfebre Jerónimo Seco. 
Niño Jesús. Detalle.
El último retablo de la nave representa a La Virgen ofreciendo el Niño Jesús a san Cayetano, grupo escultórico realizado por Cristóbal Ramos hacia 1.774, siendo una de sus obras más importantes. Todas las esculturas son de barro cocido y tela encolada, excepto un angelote que es de talla y tamaño academicista.
Retablo de san Cayetano. Expuesto temporalmente por obras en santa Catalina.
La Virgen entregando el Niño Jesús a san Cayetano.
En la cabecera de esta nave se ha reubicado la sacristía, que estuvo ocupada por la Hermandad de los Gitanos, hasta su traslado a la antigua iglesia del Valle.
Cabecera y arranque de la nave de la Epístola. Por la puerta (antigua Capilla de Los Gitanos) se accede a la sacristía).
Pintura de la Inmaculada, situada sobre la puerta de la sacristía.
Hemos terminado el recorrido por la nave de la Epístola que, como se ha podido comprobar, está íntegramente ocupada por imágenes procedentes de santa Catalina.
Vista de la nave de la Epístola desde su cabecera.
Vista de la nave del Evangelio desde el mismo punto.
Interrumpimos aquí la visita, que finalizará en la próxima entrada, con reflexión personal incluida.

La visita para las personas con movilidad reducida es dificultosa, debido a los dos escalones que presenta la entrada.