Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

sábado, 8 de diciembre de 2012

Iglesia del Santo Ángel, -I.


La poco conocida, pese su céntrica localización, iglesia del Santo Ángel, abre su portada principal a la calle Rioja, embutida entre bloques de viviendas y oficinas que la hacen pasar desapercibida para los viandantes menos atentos.

Fue fundada a finales del siglo XVI por los Carmelitas Descalzos del convento de Nuestra Señora de los Remedios, situado en el arrabal de Triana. Como en aquella época el único punto de unión entre Sevilla y Triana era el antiguo puente de barcas, los frailes sufrían a menudo la molestia que ocasionaba cruzar el río Guadalquivir. Por esta causa, además de extender las prédicas y la petición de limosnas, el padre provincial, fray Agustín de los Reyes, compró en 1.587 una casa por 5.000 ducados, en el solar del antiguo Hospital de la Santa Cruz en Jerusalén, situado en la entonces conocida como calle Ancha de la Magdalena, actual Rioja.
Iglesia y convento del Santo Ángel, en la calle Rioja.
El templo se edificó a principios del XVII, interviniendo en la construcción el maestro de obras Juan de Segarra y el arquitecto Pedro Sánchez Falconete. Fue bendecido en 1.608 por el cardenal Niño de Guevara, perteneciendo desde entonces a los religiosos de la Orden Carmelita.

Durante la invasión napoleónica, fue utilizado como cuartel por las tropas francesas, al igual que tantas iglesias y conventos de nuestra ciudad y, como ellos, sufrió el expolio y la destrucción de sus tesoros artísticos.

En 1.863, la Desamortización hizo que cambiara de manos, pasando a ser propiedad del Estado y sufriendo variados usos, terminando como cuartel de carabineros. Durante todo este tiempo, los carmelitas exclaustrados siguieron atendiendo la iglesia como capellanes.

Ya en 1.904, siendo cardenal de Sevilla don Marcelo Spínola, vuelve lo que queda del templo (apenas la nave central) a propiedad de los Descalzos. En 1.917 se inicia la reeedificación del edificio, que se puso en manos de Aníbal González. El notable arquitecto regionalista no pudo llevar a cabo en su totalidad lo proyectado debido a las cortapisas municipales, pero consiguió una remodelación completa, respetando los muros primitivos y renovando por completo el interior. También intervino sobre la fachada principal, que recubrió de ladrillo, y adosó una pequeña portada posterior en la calle Muñoz Olivé.
Fachada a la calle Muñoz Olivé, diseñada por Aníbal González.
Cuando, a través de la calle Rioja, llegamos ante la iglesia del Santo Ángel, observamos que una reja cierra un pequeño atrio ante la portada principal. A la derecha hay un edificio, que constituye el nuevo convento, inaugurado en 1.983 por el entonces arzobispo de Sevilla, fray Carlos Amigo Vallejo.
Portada principal de la iglesia.
La portada es de piedra noble, de la época del edificio original, adintelada, con pilastras estriadas a sus lados, figurando en el dintel la leyenda latina:

"ANGELIS.SVISDEVS
MANDAVIDTE.VTCVSTO
DIANTTE.INOMNIBVS
VIISTVIS"
«Dios mandó a sus ángeles para que te custodiasen en todo momento».

Encima luce un frontón partido, con una hornacina con venera en el centro que aloja la efigie del titular de la iglesia protegiendo a un niño. Remata el conjunto un nuevo frontón, triangular, sobre el que se sitúa una cruz de piedra.
Portada principal, con la figura del Santo Ángel de la Guarda.
Retablo cerámico de la Virgen del Carmen, situado en el atrio. 
Fue pintado por Ángel Lora Serrano y bendecido en 2.006.
En este templo tiene su sede la Archicofradía de Nuestra Señora del Carmen, Milagroso Niño Jesús de Praga, Esclavitud del Señor san José y santa Teresa de Jesús.

Una vez en el interior vemos que la traza es la típica de cruz latina, con tres naves y crucero, de brazos muy cortos en este caso. La nave central se cubre con bóveda de cañón, mientras que las laterales lo hacen con bóvedas de arista, decoradas con yeserías. En el centro del crucero se alza una gran bóveda semiesférica, con linterna central y abundante decoración pictórica.
Vista general del templo desde la puerta de entrada.
La misma fotografía, tomada en el momento en que 
se enciende la iluminación del presbiterio.
Los arcos que separan las naves laterales de la central son de medio punto, sostenidos por pilastras cuadrangulares. En la parte alta de los muros de esta nave central lucen seis cuadros de gran formato que representan un programa iconográfico angélico. En el lado de la Epístola desde los pies al presbiterio, vemos Los ángeles muestran el camino a Santa Teresa, La Virgen del Carmen protegiendo a los carmelitas y La lucha de Jacob y el Ángel. Enfrente, en el lado del Evangelio, se sitúan San Isidro y los bueyes, San Rafael y Tobías y La Visión de Abraham y los tres ángeles. Todos estos lienzos son obra de Francisco Polanco, de mediados del XVII, con la más que posible participación de su hermano Miguel.
Vista general del lado del Evangelio.
Vista general del lado de la Epístola.
Sin movernos de la puerta, sobre la primera pilastra del lado derecho, se encuentra un Crucificado, el Cristo de la Buena Muerte, del que no he podido averiguar dato alguno de momento.
Cristo de la Buena Muerte.
A los pies de la nave de la Epístola, se encuentra la capilla de la Virgen del Carmen, presidida por la imagen de la titular,  talla anónima del siglo XVIII, en tanto que el Niño Jesús que lleva en brazos es igualmente de autor desconocido, aunque posterior, del XIX. Flanqueándola aparecen santa María Magdalena de Pazzi y el beato Franco de Siena, obras ambas del siglo XVIII.
Capilla de la Virgen del Carmen.
La titular de la Cofradía, con santa María Magdalena de Pazzi y 
el beato Francisco de Siena a sus lados. 
Santa María Magdalena de Pazzi nació en el seno de una de las familias más ricas de la  Florencia del siglo XVI. Despreciando su fortuna y al prometido con el que la querían casar, convenció a sus padres para ingresar, a los dieciséis años, en la orden carmelita, estando muy influida por las prédicas del famoso monje Savonarola. Se hizo muy conocida en vida por sus abundantes experiencias místicas, de las que sus hermanas de convento tomaban nota cuando se encontraba en éxtasis. Tras su muerte le fueron atribuidos gran número de milagros y curaciones, lo que condujo a su canonización, en 1.669.

También de familia noble era Franco de Siena, aunque enfocó su vida a la carrera militar. Vivió en el siglo XIII y llevó una vida disipada hasta que, tras una batalla, quedó ciego. Este suceso le hizo replantearse su vida pasada, haciendo promesa, y cumpliéndola, de peregrinar a Santiago de Compostela. Allí recuperó la vista, volviendo a Roma igualmente como peregrino, en acción de gracias. Cuando regresó a Siena se le apareció la Virgen, que le ordenó penitencia pública por sus pecados anteriores. Así lo hizo Franco, que logró su admisión en el convento y vivir como religioso carmelita los diez últimos años de su vida.

El techo de esta capilla de es de mocárabe, formando celdillas hexagonales, de gran belleza. Del muro izquierdo cuelga un lienzo de una Inmaculada inspirada en las de Murillo.
Artesonado de la capilla del Carmen.
Una Inmaculada se encuentra en el muro izquierdo de la capilla.
El retablo de santa Teresita de Lisieux o santa Teresita del Niño Jesús viene a continuación. Nos muestra al Niño Jesús con esta santa francesa (Alençon, 1.873  Lisieux, 1897), carmelita descalza que goza de gran veneración en su país de nacimiento (Lisieux es el segundo templo con más peregrinaciones de Francia, después de Lourdes). El retablo es claramente neoclásico, con abundante policromía, situándose en el ático la representación de la Santa Faz.
Retablo de santa Teresita de Lisieux.
Santa Teresita de Lisieux, Patrona de las Misiones.
Una de las Estaciones del Vía Crucis, elaborado en madera tallada y policromada.
Seguidamente estaremos ante el retablo de san Antonio, barroco, con la figura del titular en una hornacina central protegida por vidrio (de ahí los reflejos) y con dos imágenes de santos a los lados: san Eliseo y san Juan de la Cruz, ésta última atribuida a Francisco Antonio Ruiz Gijón, sobre 1.675.
San Antonio de Padua.
San Eliseo.
San Juan de la Cruz.
Ático del retablo de san Antonio.
Moderno y sencillo es el retablo del Sagrado Corazón de Jesús, con una estimable talla del titular.
Retablo del Sagrado Corazón de Jesús.
Talla del Sagrado Corazón.
Volvemos al barroco, aunque tardío, del retablo del profeta Elías, datado en el último tercio del siglo XVIII. La efigie del profeta, con la espada flamígera en la mano derecha, es de Pedro Roldán, fechada en 1.679. Elías (siglo IX a.C.) es venerado por los carmelitas porque fue precisamente en el monte Carmelo donde se enfrentó y derrotó a la malvada Jezabel y sus cuatrocientos cincuenta profetas (Libro de los Reyes).
Retablo del profeta Elías.
El profeta Elías. Pedro Roldán, 1.679.
El último retablo de la nave está ocupado por un grupo escultórico en el que se muestra a la Virgen de Lourdes y santa Bernadette, en una de las dieciocho apariciones de la Inmaculada a la niña. Es un retablo moderno que recrea la gruta de  Massabielle en la que tuvieron lugar las manifestaciones.
Retablo de la Virgen de Lourdes.
El retablo imita la gruta de Massabielle, donde la Virgen 
se apareció a la pequeña  Bernadette.
Vista de la nave de la Epístola desde su cabecera.
Ya en el brazo del crucero de este lado de la Epístola se sitúa un retablo con una imagen de la Inmaculada de gran tamaño (casi dos metros), tallada por Pedro Duque Cornejo en 1.743, considerada como una de las mejores obras del genial escultor.
Retablo de la Inmaculada Concepción.
La talla es de Pedro Duque Cornejo, en 1.743.
Detalle de la Inmaculada.
La cabecera de esta nave está ocupada por el retablo de la Virgen del Pilar, de estilo barroco, segunda mitad del XVIII, con una imagen de la titular realizada en metal plateado en el camarín, flanqueada por las efigies en madera tallada de santa Isabel de la Trinidad (izquierda, mirando de frente) y santa Edith Stein (a la derecha). Sobre el origen del culto a esta advocación de la Virgen ya hablamos extensamente en la entrada correspondiente al convento de santa Rosalía.
Cabecera de la nave de la Epístola.
El ático del retablo nos muestra La Conversión de María Magdalena.
Santa Isabel de la Trinidad nació en Bourges, Francia, en 1.880, falleciendo a la temprana edad de 27 años, no sin haber dejado huella de su profunda espiritualidad hasta nuestros días, sobre todo en sus escritos referidos a la Trinidad. El autor de esta efigie es Romero Zafra en el año 2.006, coincidiendo con el centenario de la muerte de la santa.
Santa Isabel de la Trinidad. Talla moderna de Romero Zafra, 2.006.
Edith Stein o santa Teresa Benedicta era natural de la entonces alemana y hoy polaca ciudad de Breslavia, en el seno de una familia de comerciantes judíos. Estudió filosofía, relacionándose con Kant y siendo discípula de Husserl. Tras servir como enfermera durante la Primera Guerra Mundial, se va acercando al catolicismo, hasta que la lectura de la autobiografía de santa Teresa de Ávila la hace decidirse a bautizarse. En 1.933, ya con 42 años, toma el hábito de las carmelitas descalzas de Colonia. Arrestada por la Gestapo en 1.942 por oponerse a la deportación de los judíos, fue asesinada en el campo de Auschwitz. La talla es del imaginero Álvarez Durarte, realizada en el año 2.000.
Edith Stein o santa Teresa Benedicta. Álvarez Duarte, año 2.000.
En el ático del retablo, un relieve representa La Conversión de la Magdalena, que aparece arrodillada ante una figura femenina, una de las santas mujeres, que le muestra un cuadro del Crucificado.

Junto al retablo vemos un lienzo que representa a san Ángelo.
San Ángelo, mártir. Uno de los primeros miembros del Carmelo.
Al pie de la pilastra que sostiene el arco toral del lado de la Epístola aparece una vitrina que contiene una imagen de vestir de tamaño natural de la Virgen de la Candelaria, de época y autor desconocidos.
Virgen de la Candelaria.
Cabecera de la nave de la Epístola, desde el pasillo de la nave central.
Termino aquí la primera parte de la visita.


Hay un pequeño escalón de unos cinco centímetros a la entrada del templo.