Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

lunes, 18 de marzo de 2013

La Casa de Pilatos, -II y final. Leyenda de san Pedro y el gallo.


Continuamos la visita del palacio.

Regresamos al Patio Principal. La siguiente estancia, en la esquina que queda directamente bajo el Torreón, es el Gabinete de Pilatos. Presenta la disposición típica mudéjar de salón dividido en tres partes, rectangular y de mayor tamaño la central y cuadradas y más pequeña las de los extremos.  Se trata de una sala alargada con cámaras cuadradas en los extremos, usado en ocasiones como salón principal de ceremonias en la cultura hispano-musulmana. Corroborando esta orientación mudéjar, la armadura, magnífica, con fina labor de lacería adornada con doradas piñas de mocárabes exhibe su belleza al visitante. 
Artesonado del Gabinete de Pilatos.
Pequeña fuente en el centro del Gabinete de Pilatos.
En una de las salas cuadradas antes mencionadas (la más cercana al Jardín Grande) se exhibe el famoso cuadro “La mujer barbuda”, de José de Ribera, lo Spagnoleto, uno de los pocos cuadros que se conservan en España de este pintor, que desarrolló prácticamente toda su producción en la ciudad de Nápoles.
La representada es Magdalena Ventura, "La Barbuda", mujer napolitana normal y corriente hasta que a partir de los 37 años le creció una espesa barba, a pesar de haber concebido ya tres hijos con su marido, Felici de Amici, con quien aparece en el retrato. Fue pintada por orden del Virrey de Nápoles, Fernando Afán de Ribera y Enríquez, III Duque de Alcalá, que era mecenas del Spagnoleto y coleccionista de "rarezas", moda muy del Renacimiento, lo que explica la cantidad de cuadros de esta época que representan enanos, gigantes, seres deformes o animales mutados o exóticos.
La mujer barbuda. José de Ribera, lo Spagnoleto, 1.631.
Salimos de esta estancia y nos asomamos al Jardín Grande. Usado como huerta en el primitivo palacio mudéjar, experimentó una profunda transformación tras la llegada a Sevilla, en 1.568, del arquitecto napolitano, Benvenuto Tortello, encargado por el I Duque de Alcalá de reformar su palacio para exponer la colección que había reunido durante su virreinato en Nápoles.
Galería del Jardín Grande.
Imágenes del Jardín Grande.
En vez de reformar el antiguo palacio, Tortello edificó uno nuevo junto a él, transformando la huerta en jardín con evocaciones mitológicas y clásicas. Dirige, pues, la construcción de un edificio con una zona central formada por dos loggias superpuestas, abiertas al nuevo jardín. En sus arcos apoyados sobre columnas de mármol blanco coloca piezas escultóricas antiguas o copias fidedignas de ellas. Dos pequeños paños de fachada aparecen al lado de las loggias, delimitados en sus extremos con estrechas torres dotadas de hornacinas, en las que vemos nuevas muestras de escultura clásica. 
En la esquina contigua a este palacio nuevo se nos muestra una gruta, también muy de moda en aquellas tiempos, cerrada con una verja de hierro (lástima) con un surtidor de agua y una ninfa recostada al fondo. 
Palacio nuevo, obra de Benvenuto Tortello.
Loggia alta del palacio nuevo.
Loggia baja.
El nuevo palacio del Jardín Grande. Benvenuto Tortello, 1.568.
Fotografías del interior de la loggia baja.

Gruta del Jardín Grande.
El torreón de palacio, visto desde el Jardín Grande.
De vuelta al Patio Principal, en el lado del mismo que nos queda, atravesamos la puerta con una bonita reja renacentista y contemplamos el Patio del Apeadero, característico de la arquitectura andaluza. Da acceso a las caballerizas y al Patio Principal mediante galerías en dos de sus lados, que protegen de la lluvia y el sol. Los arcos están cubiertos por una buganvilla centenaria y las galerías presididas por un busto medieval con una desgastada efigie del rey Pedro I.
Patio del Apeadero.
Galería del Patio del Apeadero.
Busto de Pedro I, en la galería del Patio del Apeadero.
En un lateral encontramos las caballerizas, espacio que ocupó originalmente el gabinete de curiosidades del I Marqués de Tarifa. Fue remodelado por su sobrino, el I Duque de Alcalá, para servir de Antiquiarium y Gabinete de Curiosidades, para lo cual sustituyó el techo original de casetones dorados  por el actual, de bóvedas de arista apoyadas sobre columnas de mármol pareadas. En el siglo XIX fue utilizado como caballeriza, de donde nace su denominación actual y la de la calle aledaña al palacio. En la actualidad está completamente vacío, siendo usado para eventos diurnos coincidentes con el horario de apertura a la visita turística.
Puerta de entrada a las caballerizas.
Caballerizas de la Casa de Pilatos.
Reja renacentista que comunica el Patio del Apeadero con el Patio Principal.
De nuevo la fuente genovesa del Patio Principal, con remate del dios Jano, el de las dos caras.
Tras dirigir nuestros pasos de nuevo al Patio Principal, subimos la escalera que nos lleva a la primera planta. Se la considera como la más monumental de la ciudad (junto con la escalera imperial del Museo de Bellas Artes). Su obvia misión es comunicar la planta baja con la alta, pero en la Sevilla de la época, y varios siglos después, se seguía la tradición musulmana de dedicar la planta alta a vivienda de invierno (al ser menos fría) y la baja a residencia de verano (más fresca).  Ambas plantas tenían idéntica distribución de dormitorios, salones, comedores y demás estancias. 
Detalle del arranque de la Escalera Principal.
La riqueza de la escalera de una casa palacio renacentista era uno de los dos símbolos de estatus social y económico de sus habitantes. El otro era la cercanía a las parroquias principales de la ciudad, en este caso San Esteban, a la que se podía acceder directamente desde palacio a través de una galería cubierta (hoy desaparecida) que cruzaba la calle Medinaceli.
La Escalera Principal.
La escalera de la Casa de Pilatos tiene escalones de mármol blanco, paredes cubiertas en su totalidad por azulejos de arista (en el edificio hay más de 80 modelos diferentes, casi todos del siglo XVI) y, sobre todo, la bóveda de media naranja sobre trompas, que bien poco tiene que envidiarle a la del Salón de Embajadores del Alcázar sevillano. El resto de la escalera, descansillo y zaguán alto están coronados igualmente por soberbias armaduras mudéjares con gran exhibición de labores de lacerías, dorados, escudos heráldicos y piñas de mocárabes. 
Bóveda de media naranja de la Escalera Principal.
Escudos de armas de la familia en las cenefas de la bóveda.
Baranda y arco de entrada a la planta alta del palacio.
Bóvedas del "zaguán alto" de la planta superior.
En una de las paredes del zaguán alto observamos un ornamento curioso: se trata de una pintura de un gallo, que se muestra encerrado tras una verja. He intentado durante meses investigar el origen de tan original elemento y, como suele suceder, lo he encontrado cuando buscaba otra cosa. La historia es como sigue: estando todos los apóstoles reunidos con Jesús durante la Última Cena, Pedro declaró a Cristo su lealtad y devoción con estas palabras: 
- Aunque todos pierdan su confianza, yo no.Me quedaré contigo aunque tenga que dar la vida.
Con inmensa tristeza Jesús le contestó: 
-Te aseguro que esta misma noche, antes que cante el gallo por segunda vez, me negarás tres veces.
Como todos sabemos, la profecía de Cristo se cumplió.
Pues bien, resulta que en su viaje a Tierra Santa don Fadrique adquirió, ni más ni menos que las cenizas del famoso gallo que anunciara la negación de Pedro, las cuales, se dice, se conservan tras la reja y la pintura de este zaguán alto.
Las cenizas del gallo que confirmó la negación de san Pedro se dice que se encuentran detrás de la reja, situada en el zaguán alto.
Galerías de la planta alta. Se pueden observar los restos restaurados de los antiguos frescos que antiguamente adornaban ambas galerías (alta y baja) del Patio Principal.
La Giralda vista desde la planta alta de la Casa de Pilatos.
De nuevo fue Fadrique Enríquez de Ribera quien mandó labrar nuevas estancias en la planta alta cubriéndolas con soberbias armaduras y decorándolas, en 1.539, con pinturas murales de las que quedan algunos restos: una serie de retratos de "hombres famosos" de la Antigüedad en la galería y otra, inspirada en Petrarca, del Triunfo de las Cuatro Estaciones. 

Lugar de reunión de una academia de humanistas del Siglo de Oro, uno de sus miembros, Francisco Pacheco, enriqueció estos salones pintando unos techos para el III Duque de Alcalá. Esta planta recrea hoy los interiores de una casa-palacio exhibiendo piezas de la colección Medinaceli: mobiliario y tapices de la época y pinturas de Goya, Lucas Jordán, Giuseppe Recco, Carreño Miranda, Vanvitelli, etc.
Uno de los salones de la planta alta, con numerosas obras
(incluidos los frescos del techo), de Francisco Pacheco.
III Duque de Feria. Felipe Diriksen.                        El Marqués de Camarasa.  
                                                                                                        
El arrastre del toro. Francisco de Goya. Minúsculo óleo sobre hojalata.
Aquí desearía hacer un aparte y contar mi experiencia personal. Cuando sacas el tique en la zona de entrada te hacen mucho hincapié en la puntualidad para la visita de la planta alta. Allí mismo pregunté sobre las limitaciones a la hora de tomar fotografías y me indicaron que en la planta baja no había ningún impedimento y que en la planta superior siguiera las indicaciones del guía (un servidor, iluso como siempre, pensaba que iba a decir simplemente que no se podían realizar fotos con flash). Pues bien, con diez minutos de retraso respecto a la hora convenida, aparece una chica de uniforme cuyas primeras palabras fueron: no fotos, no vídeos y que nadie se salga de la alfombra gris; y vamos ligeritos que detrás viene otro grupo (la última frase no la dijo, pero la dio a entender claramente por las prisas que nos metía).

Por otra parte, el precio de la entrada, cinco euros sólo la planta baja u ocho las dos plantas, es claramente excesivo. Es ni más menos lo que cuesta visitar la Catedral y la iglesia del Salvador juntas y, francamente, no hay comparación ya que, si bien la planta baja cuenta con numerosos atractivos en forma de mármoles, estatuas, puertas y artesonados, la planta alta consiste básicamente en una serie de muebles utilitarios antiguos, pero de escaso valor artístico, numerosos cuadros y frescos pintados en paredes y muros que merecen la misma calificación (Pacheco fue mejor tratadista que pintor) y una señorita que nos guía con una mezcla de desdén y paternalismo que se te quitan las ganas de seguir la visita. Baste comentar que al fin de la misma, que dura poco más de un cuarto de hora, cuando se hace la típica pregunta de si alguien tiene alguna duda, ninguno de los veintitantos asistentes abrió la boca.

Se me puede contestar que el precio está marcado en la entrada y que visitar el Palacio no es obligatorio. También, que se trata de una propiedad privada, que se mantiene por sí misma sin aportación de fondos públicos y que, por tanto, fija el precio que estima oportuno. Doy la razón a ambos argumentos, pero nadie me puede negar que el Palacio carece de méritos suficientes para que la visita cueste lo mismo que la del Alcázar/Salvador o que la de Catedral/Salvador. Si comentarios como éste mío se extienden por la red o simplemente mediante el boca a boca, les puedo asegurar que la frecuencia de visitas disminuirá progresivamente y la Fundación Medinaceli (qué risa me dio la explicación sobre el motivo de la creación de la Fundación en 1.980) verá mermados sus ingresos.

En resumen, una visita que si se viene a Sevilla se debe de hacer, sobre todo a la planta baja del Palacio, pero en la que si estamos cortos de tiempo, nos podemos ahorrar la zona acotada de la planta alta.