Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

miércoles, 17 de abril de 2013

El expolio del mariscal Soult, -II y final.


Soult no solo se llevó obras de su pintor favorito, Murillo. También “arrambló” con piezas de otros pintores de primera fila:

De Zurbarán:
- Del Colegio de santo Tomás: El Triunfo de santo Tomás de Aquino (destinado al Museo Napoleón y que fue restituido, encontrándose actualmente en el Museo de Bellas Artes de Sevilla) y San Andrés (Budapest, Szépmüveszeti Muzeum), que se quedó para sí mismo.
El Triunfo de Santo Tomás de Aquino. Zurbarán. Museo de Bellas Artes, Sevilla.
San Andrés. Zurbarán. Szépmüvészeti Múzeum. Budapest.
De Alonso Cano:
- El milagro de San Diego, La huida a Egipto y Santa Inés.

De Sebastián Gómez, de quien se decía que era “el pintor esclavo” de Murillo:
- San Francisco de Asís.

De Herrera, el Viejo:
- San Basilio dictando su doctrina (Museo del Louvre) y la serie de cuadros que realizó junto con Zurbarán para el convento de san Buenaventura.
San Basilio dictando su doctrina. Herrera, el Viejo. Museo del Louvre.
De Pedro de Campaña: 
- El Descendimiento (actualmente en la Sacristía Mayor de la Catedral de Sevilla).
El Descendimiento. Pedro de Campaña. Catedral de Sevilla.
De Juan de Roelas:
- Inmaculada.

De Francisco Pacheco:
Cristo servido por los ángeles en el desierto y El Juicio Final, posiblemente los dos mejores cuadros que el suegro de Velázquez pintó en su vida. Ambos se encuentran en el Museo de Goya, en Castres, Francia.
Cristo servido por los ángeles en el desierto. Francisco Pacheco. Museo de Goya. Castres, Francia.
El Juicio Final. Francisco Pacheco. Museo de Goya, Castres, Francia.
El convento de Capuchinos fue el más previsor, ya que envió los cuadros de Murillo que formaban su retablo mayor a la ciudad de Cádiz (única capital de provincia no tomada por los franceses), sustituyéndolos por obras de menor valor. Las obras así salvadas son las que hoy podemos admirar en el Museo de Bellas Artes de la ciudad, presidiendo la zona del presbiterio de la Sala V:
Pinturas del retablo mayor del convento de Capuchinos. Murillo.
Museo de Bellas Artes, Sevilla.
Los cuadros robados por el mariscal no fueron restituidos a España, “Soult los defendió con uñas y dientes”  y cuando, en 1.852, tras su muerte, sus herederos subastaron la colección, las obras se dispersaron por toda Europa. Sólo la Inmaculada de Velázquez, hoy en el Prado (después de haber sido adquirida por el Louvre en una subasta de 1.852) y el San Sebastián asistido por Lucinda y Santa Irene, de Ribera (Museo de Bilbao), serían recuperadas más tarde para el patrimonio español.
Inmaculada Concepción. Velázquez. Museo del Prado.
San Sebastián asistido por Lucinda y Santa Irene. José de Ribera. Museo de Bilbao.
En total, más de 180 obras de maestros de la pintura fueron “afanadas” personalmente por el insaciable Soult durante su periplo andaluz: 32 de Murillo, 28 de Zurbarán, 25 de Alonso Cano, 8 de Valdés Leal, 5 de Herrera, el Viejo, 3 de Rubens, y 2 de Roelas, entre los más sobresalientes.

Cuando Soult cruzó Madrid en retirada el 2 de marzo de 1.813, iba al frente de una caravana de furgones cargados de cuadros con destino a sus residencias de París, el castillo de Soultberg y la mansión de Villeneuve. Como muestra de la catadura moral de este individuo, años después mostraba su colección a un invitado y deteniéndose ante una de las obras afirmó “que le tenía un gran cariño a ese cuadro, porque salvó la vida de dos personas”. Posteriormente, el ayudante del mariscal aclararía que se trataba de los dueños del cuadro, a los que amenazó con fusilar en el acto si no se lo regalaban.

Es conveniente aclarar, para mayor escarnio, que la ciudad de Sevilla ni se rindió ni fue vencida, sino que capituló ante un invasor mucho más numeroso y mejor pertrechado, por lo que, según las reglas de la guerra imperantes en la época, se debieron respetar las vidas, haciendas y posesiones de ciudadanos e instituciones. Es obvio decir que el infame Soult hizo caso omiso. Convirtió al Alcázar en depósito general, custodiado por el afrancesado alcaide, Eusebio Herrera, que se encargaba de catalogar y almacenar correctamente las obras. Hasta 999 pinturas de artistas de primera línea se almacenaron en sus dependencias. Afortunadamente, solo salieron de España unas 300.


Derrotado Napoleón, fue enviada a Francia una embajada diplomática española integrada por el general Álava, el capitán Nicolás Miniussir y el pintor Francisco Lacoma. Se consiguió que los galos devolvieran los cuadros expoliados “oficialmente” (es decir, los que iban destinados al Museo de Napoleón), pero fue imposible conseguir la restitución de los robados “privadamente” por los mandos y colaboradores del ejército francés. Tras la devolución, la representación española en el Louvre se limitaba a los cuadros adquiridos en subasta por Luis XVI. En cambio, las obras robadas por los mandos fueron vendidas al mejor postor a través de marchantes sin escrúpulos y repartidas por todo el mundo.

Desgraciadamente, otros hechos contribuyeron a la disminución del patrimonio artístico español durante este infausto período. Uno de ellos fue el uso de importantes obras como moneda de cambio para “agradecer” favores; Godoy, el valido de Carlos IV (cuya gestión se está defendiendo mucho últimamente), sin ir más lejos, regaló a Sebastiani una obra de Murillo, Santo Tomás de Villanueva, niño, repartiendo limosna que, tras varios cambios de propietario, acabó en el Cincinnati Art Museum.
Manuel Godoy, retratado por Goya tras vencer en la Guerra de las Naranjas.
Real Academia de San Fernando, Madrid.
Santo Tomás de Villanueva, niño, repartiendo limosna.
Murillo. Cincinnati Arte Museum.
Otro acontecimiento que pudo salvar muchos objetos artísticos nos muestra la desidia y el desinterés de Fernando VII por el mundo del arte. En la retirada de José Bonaparte en 1.813 hacia Francia llevaba consigo  la friolera de 1.500 carruajes (que se dice pronto) cargados con oro, monedas, joyas, plata, seda, orfebrería, plantas exóticas del jardín botánico, colecciones de minerales y, en fin, cuadros de las colecciones reales de los palacios cercanos a Madrid. El ejército francés fue interceptado por las tropas anglo-luso-españolas al mando del duque de Wellington ya casi en la frontera, a la altura de la ciudad de Vitoria. Entablaron combate y la victoria aliada sentenció la guerra y puso al descubierto el botín que se llevaba el hermano de Napoleón. La joyería y la plata fue robada por los soldados durante la noche. La parte del convoy que contenía los grandes cuadros y las esculturas se salvó de la rapiña por haber salido doce horas antes que los demás carros. Muchos de ellos llegarían a Francia y serían devueltos en los años siguientes. Otra parte acabó en manos del propio duque de Wellington, que los remitió a Inglaterra para ponerlos a salvo. Allí, su hermano, lord Marlborough, le escribió poco después: "He abierto los paquetes tomados en Vitoria y los he enviado a su casa para que fueran cuidadosamente examinados, habiendo encontrado que contienen una colección de pinturas como usted no puede concebir... Le envío un catálogo de 165 de las pinturas más valiosas."
El duque de Wellington. Thomas Lawrence, 1.820.
Al parecer, la única persona honrada durante todo este conflicto.
La lista la componían cuadros procedentes del Palacio Real de Madrid, del Palacio de Aranjuez y del Palacio de la Granja de San Ildefonso de pintores como Teniers, Brueghel, Van Dyck, Rubens, Tiziano, Guido Renni, Corregio, Ribera, Claudio Coello y Murillo. Entre ellos destacaban tres de Velázquez: El aguador de Sevilla, Dos jóvenes comiendo en una mesa humilde y Retrato de caballero.
El aguador de Sevilla. Velázquez. Colección del duque de Wellington.
Retrato de joven caballero. Velázquez. Colección Wellington.
Asombrado, el duque de Wellington consideró que había que devolver aquel tesoro y así lo propuso a Fernando VII cuando fue repuesto como rey de España. Dos años más tarde, ante la falta de respuesta, el duque volvió insistir, a lo que el gilipollas (porque no tiene otro nombre) del rey le respondió que se quedara las pinturas, "que habían venido  a su posesión por medios tan justos como honorables". El duque no rehusó el regalo y colgó las pinturas en su residencia, el palacio de Apsley House en Londres, donde hoy en día se conservan como núcleo principal de la pinacoteca del Museo Wellington.

Termino aquí, aunque se podría hablar durante años de este negro período de la historia artística de nuestro país, ya que se trató de uno de los expolios mejor documentados del mundo del arte. Tan solo un último apunte, en respuesta a algunos historiadores extranjeros que sostienen que los españoles debemos estar muy orgullosos y satisfechos del saqueo, porque así pudo difundirse a escala universal la grandeza de la pintura de nuestro país: cuando se defiende lo indefendible solo cabe quedar como lo que son ustedes, unos bobos.