Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad.

Historia, leyendas y curiosidades de nuestra ciudad y sus alrededores

martes, 30 de junio de 2015

Utrera. Santuario de Nuestra Señora de Consolación, -I. El milagro de la lámpara de aceite.

Históricamente, la fundación de la Hermandad de la Consolación de Utrera tuvo lugar en 1.649, durante la epidemia de peste bubónica que asoló la zona, la cual acabó con la mitad de los vecinos de la localidad.
Vista general del Santuario de Consolación. Utrera, Sevilla.
Otra imagen del Santuario.
El santuario, desde la entrada.
A la imagen de la Virgen se le atribuye su primer milagro en 1.507 (no he logrado averiguar en qué consistió), poco antes de arribar a Utrera, a la que llegó de mano de una devota desde Sevilla, única superviviente de un convento de emparedadas tras la epidemia de peste de ese mismo año. Tras el cierre del convento, la mujer se trasladó a Utrera, donde vivía una hija suya llamada Marina Ruiz, que la tuvo muchos años en el domicilio familiar. A su muerte fue entregada al Beaterio de Santo Domingo que, con el tiempo, se convirtió en el convento de Dominicas de la Antigua.
Nuestra Señora de Consolación.
Cortesía de www.consejodehermandadesdeutrera.org.
La figura, según el profesor Hernández Díaz, parece ser del siglo XIV, de autor anónimo, realizada en madera de peral. Originalmente, la talla presentaba a la Virgen de talla completa y sedente, siguiendo el modelo bizantino, como es el caso de otras muchas imágenes de nuestra tierra. Se retalló, al igual que tantas otras (Virgen del Rocío, de la Consolación de Los Terceros, del Castillo, en Lebrija o de Gracia, en Carmona) durante el período barroco, adoptando su apariencia actual.
Fuente en el jardín.
También pertenecía al grupo de las Vírgenes Negras, según recoge Rodrigo Caro: Morena, fea y de muy antigua hechura. Recuperó la blancura y belleza tras el milagro de la lámpara de aceite, y digo recuperó porque, al igual que otras (sin ir más lejos la Virgen de Montserrat según recientes estudios), era inicialmente blanca y posteriormente pintada. El regreso a su color original era, pues, fruto de una restauración encubierta.

En 1.560 se produce su milagro más conocido: el antes nombrado milagro de la lámpara de aceite. Al parecer, a consecuencia de la hambruna causada por la feroz epidemia, las gentes de Utrera estaban tan necesitadas que no pudieron proveer de aceite al ermitaño que cuidaba de la Virgen. Una noche le despertó un gran resplandor procedente del lugar donde se encontraba la imagen de la Virgen, comprobando que la lámpara que la alumbraba estaba repleta de aceite. Y así permaneció los días y semanas sucesivos. El milagroso suceso se extendió por toda la comarca, comenzando de este modo la fama milagrera de Nuestra Señora de Consolación. Aún hoy la lamparilla sigue encendida, encargándose cada día una familia de la localidad de cuidar de su llama.
Otro ejemplo de la enorme popularidad de la Virgen es la devoción marinera, que llevaba a los que hacían la travesía hacia tierras americanas a encomendarse a Ella. Son muchos los exvotos con motivos del mar que se conservan, pero el más conocido de todos ellos es un galeón que sostiene en su mano derecha, que ha hecho que muchos la conozcan por “La del barquito en la Mano". Se trata de una pequeña nave realizada en oro y cristal de roca que data del siglo XVI, y que se cree le fue ofrecida por los tripulantes del navío “Veracruz”. Recientemente se ha descubierto que hacía funciones de perfumador.
Barquito de la Virgen de Consolación.
El fervor popular se tradujo en romerías de más de treinta mil personas en una época en la que España apenas contaba con seis millones de habitantes. Las aglomeraciones atrajeron también a gentes de mala vida, teniendo lugar desagradables incidentes, que obligaron a los frailes mínimos, directores del monasterio, a pedir ayuda al Supremo Consejo de Castilla el cual, en 1.771, suspende la romería. La anulación, agravada más tarde por la invasión napoleónica y por las desamortizaciones de 1.835-1.836, hace que se inicie una progresiva decadencia, tanto en los asistentes al culto como en el edificio.

En el orden estrictamente arquitectónico, el origen del actual santuario se remonta a una pequeña ermita, levantada en el lugar en 1.520 por Antonio de la Barreda tras conseguir en Roma un privilegio por parte del papa León X. Apenas contaba con dos pequeñas habitaciones blanqueadas, con techo de paja, en las que dispuso un lienzo con la escena de la Anunciación de la Virgen, a la que veneró con el nombre de Nuestra Señora de Consolación.
Portada del Santuario.
Al eremita Antonio se le unieron otros ermitaños, aunque los habitantes del pueblo (y por tanto sus limosnas) se prodigaban poco. Pensando la forma de solucionar el problema, uno de ellos propuso solicitar a las monjas de la Antigua una de las dos imágenes que tenían de la Virgen. Consintieron estas y entregaron la talla de Marina Ruiz a los ermitaños.

Los anacoretas permanecieron en la ermita hasta 1.520, año en que llegaron los frailes carmelitas y los expulsaron. Sin embargo, la distancia (en aquella época) hasta el pueblo y las pobres instalaciones provocaron que se mudasen a La Vereda, donde abrieron nuevo convento (del que restan actualmente la iglesia de la Virgen del Carmen y el claustro).
San Isidoro de Sevilla.
Con el abandono de la ermita, y de la imagen de Virgen, sin que quedara nadie al cargo, el lugar fue pronto expoliado e incluso la Virgen apareció tirada y con un brazo roto. Una vecina de Utrera, que iba de vez en cuando, decidió custodiar la figura en su casa, en la que permaneció un par de años.

El regreso a la ermita se produce tras instalarse en ella fray Antonio de Santa María, un fraile portugués de la orden de los Mínimos. Fue entonces, en 1.560, cuando tuvo lugar el milagro de la lámpara de aceite narrado anteriormente.
Fray Bernardo Boil.
Tras el milagro, la devoción a la Virgen creció enormemente, con el consiguiente aumento de donaciones de limosnas, alhajas y demás. Las riqueza, siempre malas consejeras, despertaron la codicia de los carmelitas de Utrera que anteriormente abandonaron la ermita y la Virgen, intentando hacerse con lo que antes habían abandonado. Sin embargo, la pronta reacción del pueblo utrerano impidió, incluso con palos y pedradas, las intenciones carmelitas.

La mejor forma de impedir que se repitiese lo que hoy día conocemos como una OPA hostil era crecer y, por ello, los mínimos decidieron construir un monasterio junto a lo ermita, lo que consiguieron (el permiso, ya que los dineros lo aportaban ellos) gracias a la intercesión de la reina Isabel de Valois, segunda esposa de Felipe II.
Cuerpo superior de la portada.
Los milagros de la Virgen continuaron, como dan fe los cientos de pequeñas pinturas agradeciendo gracias concedidas que se conservan en la sacristía del templo.

En 1.752 es nombrado Padre General de la Orden Mínima fray Juan Prieto, antiguo residente de Consolación, quien designa al monasterio como Casa General de la Orden. Este nombramiento supuso la realización de numerosas obras de reparación, ampliación y ornato del conjunto. Se levantaron entonces la sacristía (con su gran mesa jaspe rojo), antesacristía y, sobre todo, el coro, con sus sesenta sitiales de maneras nobles y su correspondiente facistol.
Virgen de Consolación.
Tras los infortunios antes comentados (prohibición de la romería, invasión francesa y desamortizaciones), el monasterio fue cayendo en el olvido y sus piedras en una ruina progresiva. 
Hubo un tímido intento en 1.965 por parte de los mínimos de reactivar el santuario, que terminó de forma escandalosa, apenas diez años después, con la conversión del mínimo padre Francisco a la iglesia luterana.

Hoy día no quedaría nada de este conjunto si, en 1.892, Enrique de la Cuadra, marqués de San Marcial y Hermano Mayor de la Hermandad, no hubiese costeado una importante restauración que confirió al santuario el aire neomudéjar que luce actualmente. Se arreglaron las techumbres y los muros, se rehízo la cúpula, se restauró el magnífico artesonado, se cambió la solería, se estrenó el cancel del atrio, se decoraron las paredes... Se salvó de la destrucción, en suma. Hay que comentar que tan magna intervención, llevada a cabo con los criterios restauradores de la época (hacer lo nuevo de forma que no se distinga de los antiguo) suscitó gran controversia, por considerar algunos que ese aire oriental falseaba el aspecto original. Sin embargo, aun coincidiendo en parte con esa opinión, creo que deberíamos considerar la otra alternativa, que no era otra que la desaparición del conjunto de edificios y, por tanto, dar por "menos mala" la restauración.
San Joaquín.
La llegada de los Padres Salesianos al convento, en 1.945, hizo resurgir la devoción, que continuó y aumentó grandemente hasta el día de hoy bajo la dirección de la Parroquia de Santa María de la Mesa, de la que depende actualmente. La estancia de los Salesianos supuso nuevas mejoras en el santuario: se instalaron los grandes lienzos con escenas de la vida de la Virgen que cuelgan en las paredes de la nave central, así como las cuatro grandes campanas de la torre, costeadas por suscripción popular y otras actuaciones menores.

La Orden Salesiana abandonó en 1.961 el templo (les estaba cedido, no era de su propiedad) por no hacer frente a costosas y necesarias reparaciones, pasando desde ese momento a estar bajo la dirección del párroco de Santa María.
San José.
Fueron tiempos, que se prolongan hasta la actualidad, de un constante aumento de la devoción a la Virgen, rindiéndose ante Ella personajes principales de la época, como los marqueses de Villaverde o la duquesa de Alba. En este contexto, se nombra a Nuestra Señora de Consolación Alcaldesa Perpetua de Utrera, por considerarse que durante el desbordamiento del arroyo Calzas Anchas de 1.962 intercedió para evitar una desgracia mucho mayor que los tres fallecidos que realmente hubo.

Otro hecho importante en la historia del santuario fue la Coronación Canónica de la Virgen en el año 1.964, dos años después de que Pablo VI decretara la misma. Donaciones por parte de oro plata y joyas permitieron que el orfebre Fernando Marmolejo realizara las coronas de la Virgen (dos kilos de oro, doscientos brillantes, treinta esmeraldas y una gran perla) y del Niño (medio kilo de oro, setenta y cinco brillantes, diez esmeraldas y ocho rubíes). Igualmente, la Hermandad de la Macarena, a punto de recibir el permiso para la coronación de su titular, donó la peana de plata estrenada en la coronación.
Coronas y barquito. Cortesía de www.utreradigital.com.
El año 2.007 se celebró con gran aparato y participación ciudadana el quingentésimo (500) aniversario de la llegada de la imagen de la Virgen a Utrera y primer Año Jubilar de Consolación. Siete años después, tiene lugar el quincuagésimo de la Coronación Canónica, y segundo Año Jubilar de Consolación. Estas efemérides tan importantes para la Hermandad y los utreranos han permitido constatar que la devoción a la Virgen de Consolación está más viva que nunca.
Pero pasemos ya a describir este importante monumento utrerano. Se llega al monasterio, situado extramuros de la ciudad, a través del Parque de Consolación, un amplio espacio verde realizado sobre el antiguo camino. Los que tengan dificultades de movilidad no tendrán problema, pues se puede llegar con el coche hasta el mismo monasterio, dotado de amplios aparcamientos. Cruzando la verja de entrada accedemos a un gran y cuidado jardín, antiguo Real de Consolación, explanada en la que antiguamente se celebraba la romería, que atravesamos para llegar ante el edificio de la iglesia.
Su portada, en forma de retablo de dos cuerpos, fue trazada en 1.636 por Alonso Álvarez de Albarrán, jerezano discípulo de Martínez Montañés, que tallaba tanto en piedra, como madera o yeso. Entre sus obras más conocidas se encuentran la Virgen de la Soledad de la Carretería, las tallas del retablo mayor de la basílica de la Nuestra Señora de la Caridad de Sanlúcar de Barrameda o la efigie en piedra de San Alberto de Sicilia situada en la portada del oratorio de San Felipe Neri.
La portada del santuario está realizada en piedra amarilla, con incrustaciones de mármol gris y blanco, y consta de dos cuerpos. El vano es rectangular, con hornacinas laterales ocupadas por estatuas (fray Bernardo Boil, monje de Montserrat e introductor de la Orden de los Mínimos en España, y San Isidoro de Sevilla, ambas del mismo autor de la portada) enmarcadas por pares de columnas toscanas. 
El cuerpo superior, muy reformado durante las obras de finales del XIX, consta de tres calles con retablos cerámicos (San Joaquín, la Virgen de Consolación, y San José). Corona el conjunto un frontón partido, con pináculos a los lados, bajo los que observamos sendas inscripciones "Fides" (Fe) y "Spes", (Esperanza). Una tercera inscripción S FDE PAVLA, bajo el azulejo de San Joaquín indica la antigua presencia en ese lugar de una representación del fundador de la orden mínima.

La torre presenta sección uniforme en la totalidad de su altura, cuerpo con cuatro campanas y chapitel con azulejos de imágenes de santos: San Fernando, San Francisco de Paula y la Virgen de Consolación.
En el edificio, nos recibe un amplio atrio, con dos pares de columnas de mármol que forman dos arcadas con tres arcos de medio punto cada una. Los arcos están decorados con yeserías policromadas y sostienen una cubierta de casetones, tallada y pintada con estilo mudéjar que, a su vez, constituye el pavimento del coro, situado sobre ella. Las paredes lucen un alto zócalo de azulejos trianeros de Mensaque, en tanto que una cancela del utrerano Escamilla separa atrio e iglesia.
Diversas imágenes del atrio de la iglesia.
La iglesia presenta traza de cruz latina, con un larguísimo brazo transversal (más de setenta metros) y dos cortos brazos transversales. Lo primero que nos llama la atención es el gigantesco artesonado mudéjar, de cinco paños, que cubre la nave longitudinal hasta el crucero. Data de 1.578, elaborado por Gregorio Tirado y, como digo, no solo es hermoso, sino el más grande que haya visto nunca. Está decorado, como era preceptivo en la época, con abundantes motivos de lacería y estrellas de ocho puntas, con piñas de mocárabes distribuidas por el paño central.
Vistas generales del templo.
Aquí vemos el enorme artesonado del santuario. 
Muros laterales del templo.
Lámpara.
El crucero y los transeptos se cubren mediante artesonados de ocho lados dispuestos alrededor de una gran piña central, todo ello profusamente policromado. 
Bóveda octogonal del crucero.
Arcos torales del crucero.
Desde otro ángulo.
El conjunto es magnífico, pudiendo considerarse como un gran ejemplo de la "carpintería de lo blanco".

Las paredes muestran el mismo zócalo que el atrio y sobre él cuelgan pinturas enmarcadas con escenas de la vida de la Virgen. Lástima que la falta de luz impida la toma de fotografías de suficiente calidad.
Una de las pinturas sobre la vida de la Virgen que decoran los muros laterales.
A mano izquierda, justo antes del crucero veremos el púlpito, de forja, producto de la Fundición San Antonio. La solería es de mármol de Carrara.
Púlpito y tornavoz de forja.
Lámpara en pilastra del arco toral.
Estandarte de la Virgen de Consolación.
El brazo del transepto correspondiente al lado del Evangelio está presidido por el retablo del Cristo del Perdón, obra manierista del siglo XVI, que nos muestra el momento de la Expiración de Jesucristo. La cartela presenta el INRI en griego, latín y hebreo. 
Retablo del Cristo del Perdón.

El retablo, al menos dos siglos más moderno, consta de banco, sotobanco, un cuerpo de tres calles separadas por estípites, con doble arco y ático. Está policromado en color verde con adornos dorados. 
Cristo del Perdón y María Santísima de la Amargura, titulares de la Hermandad de los Muchachos de Consolación.
La escena principal nos muestra un Calvario, con el Cristo titular y, a sus lados, imágenes de menor tamaño de la Virgen y San Juan Evangelista. En las calles laterales vemos tallas de San Pedro y San Pablo y, en el ático, San Antonio de Padua. El remate superior luce un relieve de la Santísima Trinidad y el monograma IHS.
El Cristo del Perdón es titular de la Hermandad de los Muchachos de Consolación, al igual que la María Santísima de la Amargura, talla de candelero del XVIII donada a la Hermandad en la década de 1.950, que se sitúa en el altar del retablo, a los pies del Crucificado.
Cristo del Perdón. Siglo XVI.
San Pablo.
San Pedro.
Ático del retablo.
San Antonio de Padua y relieve de la Santísima Trinidad.
En el brazo opuesto encontramos el retablo de San Francisco de Paula, gemelo del anterior, realizado en los mismos tonos verde y dorado. La imagen del fundador de la Orden de los Mínimos, atribuida al círculo de Pedro Duque Cornejo, preside el retablo, flanqueado por San Cayetano y San Antonio de Padua. 
Retablo de San Francisco de Paula.
San Francisco de Paula.
San Cayetano.
San Antonio de Padua.
En la parte superior aparece una talla de San Juan Bautista y, sobre él, un relieve que representa a San Francisco de Asís en conversación los animales. Corona el retablo el símbolo de la Orden Mínima, que se repite en el hábito del fundador. 

Desde los tiempos de la estancia de los mínimos en Utrera quedó, ya perdida, la costumbre de llevar las mangas del hábito del Mínimo a las casas en las que hubiese una parturienta, con el fin de recibir ayuda durante el parto.
Ático del retablo.
Terminamos aquí la primera parte del recorrido.


Este templo no presenta obstáculos para personas con movilidad reducida, salvo el acceso a las estancias situadas tras el altar mayor: la sala del lagarto y el camarín de la Virgen, cuyo acceso se efectúa mediante escaleras.